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Elizabeth Bishop – Preescolar

Elizabeth Bishop – Preescolar

por Elizabeth Bishop
Traducción y nota introductoria de Eugenia Santana Goitia

 

 En 1915, Elizabeth Bishop (1911-1979) se muda a Great Village, en Nueva Escocia, con su madre. Hasta el momento, había vivido en Boston. Unos años antes, cuando Bishop tenía apenas ocho meses, había muerto su padre. La cercanía de los abuelos y tíos maternos es el factor decisivo para la mudanza.

En 1916, la madre de Bishop sufre la última de una serie de crisis nerviosas y termina internada en Mount Hope, un hospital psiquiátrico en Dartmouth. Elizabeth, de cinco años, se muda con sus abuelos maternos. Es una casa poco refinada en la que Bishop se siente muy a gusto. En 1917, sus abuelos paternos, que vivían en Boston, se la llevan a vivir con ellos. Durante mucho tiempo, Bishop añora sus experiencias canadienses y se siente “secuestrada” en el mundo de rígidas costumbres estadounidenses de los Bishop. Varias de estas experiencias infantiles están plasmadas en poemas y textos autobiográficos que publicó en diferentes momentos de su vida: poemas como “Sestina”, “Manners” y “First Death in Nova Scotia”, prosas autobiográficas como “In the Village”, “The Country Mouse” y “Primer Class”.

En “Primer Class”, publicado póstumamente en 1984, Bishop se ocupa de sus experiencias cuando hizo el preescolar en Canadá. Allí aprendió a escribir y algunas nociones de aritmética, pero también desarrolló una temprana fascinación con los mapas que la acompañaría durante toda su vida.

Compartimos el texto completo, publicado en el número 43 de Hablar de Poesía.

 

 

PREESCOLAR

Cada vez que veo largas columnas de números, escritas a mano de cierta forma, una extraña sensación o turbación, en parte estética, en parte dolorosa, me llega hasta el diafragma. Es como ver la aleta dorsal de un pez atravesar, de repente, la superficie del agua: pero no un pez aterrador, como el tiburón, más bien un pez vela. Los números tienen que ser hasta el 100 y no más, tienen que ser grandes y haber sido escritos con torpeza, tienen que estar dispuestos en columnas apretujadas con largas líneas entre ellas, dibujadas a mano, largas y torcidas. En general están en lápiz, los números que me afectan de este modo, pero los he visto en crayón azul o tinta borrosa, y el efecto fue el mismo. Una mañana nuestro repartidor de periódicos, un viejo italiano llamado Tony, a quien yo había visto en más de una ocasión, pasó las hojas de su libreta impermeable, negra y desarmada, hasta llegar a la que hoja que me correspondía a mí, y allí, hacia arriba y hacia abajo, en ángulos perpendiculares a los renglones azules, llevaba el registro de mis periódicos en lápiz, en columna de uno y uno, dos y dos, tres y tres. Mi diafragma se contrajo y se paralizó. O Faustina, la anciana vendedora de billetes de lotería, y su cuaderno escolar desarmado con una columna de media pulgada, en lápiz, dibujada con vacilación para cada cliente. O cuando llegué a ver la libreta de un camarero, en apariencia fabricada y cosida a mano, que consultó unos números largos y delgados que se referían a quién sabe qué (¿cuántos tragos había tomado cada cliente?) y luego volvió a guardar la libreta debajo de la barra.

            El verdadero nombre de esta sensación es memoria. Es una memoria que ni siquiera tengo que intentar recordar, o reconstruir; está siempre ahí, clara y completa. Los números misteriosos, las columnas, que tanto me impresionaron: un misterio que nunca pude resolver cuando hice preescolar en Nueva Escocia.

            El preescolar era una especie de equivalente canadiense del jardín de infantes; era el año que ibas al colegio antes de empezar “Primer Grado”. Pero no nos sentábamos en alegres rondas ni construíamos cosas, ni pintábamos con crayones, ni jugábamos ni nos peleábamos. Nos sentábamos uno detrás de otro en una fila de pequeños pupitres y sillas atornillados al piso, en la misma sala que primer, segundo, tercer y cuarto grado. Estábamos a la izquierda, en frente de la maestra, y creo que éramos siete u ocho. Nos enseñaban a leer y a escribir y aritmética, o lo suficiente de cada materia para que estuviéramos preparados para “Primer Grado”; también, cómo comportarnos en el colegio. Esto significaba sentarnos derechos, no arrastrar los pies por el suelo, no cuchichear, levantar la mano cuando queríamos salir, y ponernos de pie cuando nos hacían una pregunta. Usábamos pizarras; sólo los grados de verdad podían comprar plumas, hermosas y rechonchas libretas con imágenes de caballos y gatitos en la portada, y papel marrón claro con renglones azules. También podían pasar al frente a sacarle punta a los lápices sobre el cesto de la basura.

            Tenía cinco años. Mi abuela ya me había enseñado a escribir en una pizarra mi nombre y los nombres de mi familia y los nombres del perro y los dos gatos. Antes me había enseñado el abecedario, y al principio no podía pasar de la letra g; por un tiempo me pareció que era suficiente. Mi alfabeto era una canción corta y agradable, y no quería arruinarla. Un día un hombre que vino a visitar a mi abuela me preguntó si ya sabía el abecedario. Le dije que sí y, acentuando el ritmo, recité mi versión. Se burló tanto de mí por frenar en la g que finalmente me convencí de que era necesario seguir con las otras diecinueve letras. Después de la g, todo fue viento en popa. Cuando empezaron las clases, ya podía leer casi todo mi manual, con impresiones manuscritas y a máquina, y amaba todas las palabras. Primero, como frontispicio, tenía la bandera a todo color, y abajo se leía “Una Bandera, un Rey, una Corona”. Pinté casi todas las ilustraciones en blanco y negro, que hasta a mí me parecían anticuadas, con crayones rojos y verdes. En las últimas páginas, intenté copiar los sellos de sobres antiguos: “Brooklyn, N.Y. Sept. 1914”, “Halifax, Ago. 1916”, y esas cosas, pero no me salieron muy bien: una serie de ruedas chuecas y desprolijas.

            El verano antes de que empezaran las clases fue el verano de los números, ante todo del número ocho. Conocía sus formas por el calendario de la cocina y el reloj de la sala de estar, pero todavía no sabía leer la hora. El cuatro y el cinco ya eran bastante complicados, pero creo que estaba enamorada del ocho. Empezabas a escribirlo arriba, a la derecha, y después dibujabas una S hacia abajo. No era muy complicado, pero la parte más difícil era llegar al renglón final (mi abuela dibujaba renglones en la pizarra) y volver a subir, en dirección contraria, es decir, en contra de los deseos de tus deditos acalambrados, y, al mismo tiempo, no trazar una línea recta, sino más bien una especie de S al revés, y todo esto en curvas. Los ochos hacían el peor ruido en la pizarra. Mi abuela me mandaba a practicar afuera, en los escalones de atrás. El chirrido siempre era lento y espantoso.

            Podías comprar dos lápices de pizarra por un centavo: venían envueltos en delgado papel blanco con rayas diagonales de color azul pálido o rojo, excepto por una pulgada que quedaba al descubierto en la punta. Amaban la pizarra y los lápices casi tanto como amaba el preescolar. Lo que más me gustaba de la pizarra era lavarla en la pileta de la cocina, o en el abrevadero, y mirar cómo se secaba. Se secaba como nubes, y después la última veta húmeda se hacía más y más pequeña, y más y más delgada; y de repente ya no quedaba nada y la pizarra volvía a ser de color pálido y estaba seca, seca, seca.

            Tenía una tía, Mary, once o doce años mayor que yo, que estaba en el último, o anteúltimo, grado del mismo colegio. Era muy hermosa. Usaba blusas blancas de cuello marinero con corbatines de seda azul o roja, y su pelo marrón siempre estaba recogido en una trenza. A la mañana siempre me despertaba antes que la Tía Mary y comía mi avena en la mesa de la cocina, mientras deseaba que se apurara y se despertara de una vez. Nos servían la avena en bowls acompañados de una taza de crema. Tomabas una cucharada de la avena, la hundías en la crema, y después la comías; esto era para que la avena no se enfriara. También tomábamos tazas de té, con crema y azúcar; el mío se llamaba “té cámbrico”. Durante el desayuno, siempre estaba atenta a la campana del colegio y deseaba que mi tía se apurara; rara vez aparecía antes de que la campana empezara a sonar del otro lado del río que dividía el pueblo en dos. Entonces entraba en la cocina trenzándose el pelo y decía: “¡Pero es apenas la primera campana!”, mientras yo me moría de ganas de salir volando para allá. Pero primero tenía que acariciar a Betsy, nuestra perrita, y darle un beso de despedida a mi abuela (en general, mi abuelo ya estaba despierto y dando vueltas hace horas).

          Mi abuela tenía un ojo de vidrio, azul, casi igual al otro, y, para mí, esto la hacía especialmente vulnerable y preciosa. Mi papá estaba muerto y mi mamá estaba en un manicomio. Hasta que las burlas hicieron lo suyo, solía pedirle a mi abuela, siempre que me despedía de ella, que me prometiera que no iba a morirse antes de que yo volviera a casa. Un año antes les había preguntado a otros parientes, en secreto, si pensaban que podría irse al cielo con el ojo de vidrio (años más tarde me enteré de que una de mis tías había preguntado lo mismo cuando tenía mi edad). Betsy también estaba incluida en este interés, profundo e intermitente, por el más allá; me dijeron que por supuesto iría al cielo, porque era una perrita muy buena, y que no me preocupara más. ¿No se había encariñado con ella nuestro reverendo y no nos había sorprendido a todos ese día de verano, cuando las puertas estaban abiertas de par en par y entró trotando a la iglesia?

            Aunque no recuerdo que nadie me dijera que era una ofensa grave, tenía mucho miedo de llegar tarde, así que casi todas las mañanas me iba mientras Mary terminaba el desayuno y salía corriendo por la puerta trasera, daba una vuelta a la casa, pasaba por la herrería y ya estaba terminando de cruzar el puente de hierro cuando mi tía me alcanzaba. A veces ya casi había llegado al colegio cuando la segunda campana, la que significaba que había que volver inmediatamente del patio, empezaba a tañer sin parar en la cúpula. El colegio era alto, modesto, con listones blancos y techo rojo oscuro, y la cúpula, de cuatro lados, tenía persianas blancas. Atrás, a ambos lados, estaban instaladas dos visibles letrinas blancas. Yo llevaba mi pizarra, un trapo para limpiarla y una botella de medicina rellenada con agua. Todos tenía que llevar una botella de agua y un trapo limpio; escupir en las pizarras y limpiarlas con la mano era un crimen. Sólo los varones lo hacían, y si la maestra los pescaba, les pegaba en la cabeza con el puntero. Imagino que la pizarra húmeda no tenía, en sí misma, olor; tal vez los lápices sí; los trapos agrios y húmedos sí tienen, por supuesto, olor, y tal vez eso es lo que recuerdo. La señorita Morash solía tomar uno con el brazo extendido y luego le ordenaba a su dueño que lo llevara afuera de una buena vez, exclamando Phaaagh o algo por el estilo.

            Ese era el nombre de nuestra maestra: Georgie Morash. A mí me parecía muy alta y robusta, de arriba a abajo, con sus blusas blancas almidonadas, faldas oscuras y rectas, y un cinturón ajustado y ancho que a menudo empujaba hacia abajo con las dos manos. Todo, por delante y por detrás, lucía terso y rígido; tal vez eran los corsets. Pero lo que más recuerdo de la señorita Morash, lo que más observaba, son sus zapatos blanquísimos, zapatos Oxford, sorprendentemente blancos, blancos como la harina, y grandes, con cordones blancos prolijamente atados. El primer día de clases, mi tía Mary me llevó al aula de los grados más bajos y me presentó a la señorita Morash. Se agachó muchísimo, me habló con amabilidad, incluso me dio una palmadita en la cabeza, pero, a pesar de que me ordenaron mirar hacia arriba, no podía despegar los ojos de esos zapatos blanquecinos y silenciosos que parecían tener vida propia.

            La señorita Morash llevaba casi siempre su puntero. Mientras caminaba a lo largo del pasillo, mirando las pizarras y manuales por encima de nuestros hombros, dando golpecitos en cabezas u, ocasionalmente, cacheteando alguna oreja, hablaba con firmeza, con voz potente y clara. Esta voz tenía cierta fama en el pueblo. A la hora de la comida, mi abuelo citaba lo que la señorita Morash nos había dicho a todos (e incluso a mí sola) esa mañana; aseguraba haberlo oído al pasar por delante del colegio con el carro, a pesar de que el edificio estaba bastante lejos del camino. A veces, cuando mi abuela me decía que parara de gritar o que hablara con más suavidad, agregaba “¡Esa Georgie!”. No recuerdo nada que haya dicho la señorita Morash. Una vez, cuando los preescolares estábamos reunidos en un semicírculo frente a uno de los pizarrones mientras la señorita nos enseñaba (magníficamente) cómo escribir la C mayúscula y yo estaba pensando, más bien, en el cielo azul detrás de las ventanas, recibí un doloroso golpe de puntero en la cabeza.

            Además de mí, había otra niña en el preescolar y un día espantoso se hizo pis encima, en la primera fila, y la mandaron de vuelta a su casa. Estaban los dos pequeños Micmac[1], Jimmy y Johnny Crow, que eran muy parecidos, con sus caritas morenas y sus pelo y ojos negros y brillantes. Los dos usaban camisas de algodón azul, algunos días con un estampado de ramitas blancas, otros con un estampado de diminutas anclas. Yo no podía dejar de mirar sus oscuros pies descalzos. Casi todos iban descalzos al colegio, pero yo tenía que usar sandalias marrones con hebillas, contra mi voluntad. Cuando volví a casa después del primer día y me preguntaron cómo se llamaban mis compañeros, respondí “Manure McLaughlin”, porque así me había sonado un nombre. Conocía muy bien la bosta (había una pila grande al lado del establo), pero su verdadero nombre era Muir, y todos se rieron. Muir usaba una gorra azul marino, con una hoja de arce roja y amarilla bordada arriba de la visera.

            Había un niño muy pobre llamado Roustain, el más sucio y andrajoso de todos nosotros, que en realidad era demasiado mayor para preescolar y tenía que recorrer un largo camino para llegar al colegio, si es que venía. Había escuchado historias fascinantes sobre él y su hermano, como que el padre los azotaba todo el tiempo, y con una fusta. Todavía andábamos en caballo y calesa (aunque había algunos autos en el pueblo), y para nuestra imaginación uno de los símbolos más oscuros y siniestros era la fusta. Lucía siniestra: larga, negra, flexible en algún punto posterior al mango, a veces hasta tenía plomo y borlas. Hacía un sonido sibilante y a veces aparecía en nuestras pesadillas. Hasta había una canción sobre los Roustain:

 

Soy Roustain de la montaña
Soy Roustain, no me ves,
Soy Roustain de la montaña,
Y tengo olor a ciprés.

 

El padre les pegaba, pero además la madre no se ocupaba de ellos en absoluto. No había camas de verdad en la casa, y tampoco comida, salvo por un gran barril de melaza que las moscas invadían a menudo. Mojaban pedazos de pan en la melaza, cuando tenían pan, y eso era todo lo que cenaban.

            En esos días de otoño, las ventanas del aula parecían especialmente altas y brillantes. En el alféizar de una ventana, del lado del preescolar, había porotos germinando en frascos de agua. Su presencia en el colegio me confundía, porque yo ya había logrado cultivar habas, que alcanzaron una altura y un tamaño increíbles, en casa, en mi jardín de 45 centímetros cuadrados, donde también cultivé rabanitos y pequeñas zanahorias chuecas. Más lejos, arriba de los porotos germinados, las grandes nubes otoñales pasaban magníficas, plateadas y resplandecientes contra el azul oscuro. Yo no paraba de girar la cabeza para seguirlas, hasta que la señorita Morash se acercó y me aplicó un correctivo. Me encantaba escuchar las lecturas en voz alta de los otros grados, salvo que dudaran demasiado con palabras o frases que podían adivinarse de antemano. Sus cuentos eran mejores, y más largos, que los míos. Ya me sabía de memoria “El hombrecito de jengibre” y “La gallina Penny”, de mi manual, y me había rebelado contra ellos. Prestaba más atención cuando los de tercer grado leían sobre Bruce y la araña que tejía su tela. Todas las mañanas, antes de ir a clase, rezábamos el padrenuestro sentados; después nos parábamos y cantábamos “O maple leaf, our emblem dear”[2]. Y algunas veces cantábamos (bastante mal, porque era mucho más difícil) “God save our gracious king”[3], en general sólo la primera estrofa.

            Solo tercer y cuarto grado estudiaban geografía. En su parte del aula, sobre el pizarrón, había dos mapas enrollados: uno de Canadá y otro de todo el mundo. Cuando tenían una clase de geografía, la señorita Morash desenrollaba, como persianas, un mapa, o los dos. Eran de tela, bastante flojos, y la superficie era brillante y de colores pálidos (tostado, rosa, amarillo y verde) rodeados del azul del océano. La luz que entraba por las ventanas y daba en la superficie satinada y crujiente no me permitía verlos bien desde mi asiento. En el mapamundi, Canadá era rosa; en el mapa de Canadá, las provincias eran de colores distintos. Los mapas desplegables me habían cautivado tanto que quería apoderarme de ellos, desplegarlos de vuelta y tocar todos los países y las provincias con mis propias manos. Escuchaba vagamente cómo los alumnos recitaban las capitales, las islas y las bahías. Pero me dio la impresión de que Canadá era del mismo tamaño que el mundo y de que el sol de Canadá siempre brillaba y de que todo estaba seco y reluciente. Al mismo tiempo, sabía muy bien que esto no era verdad.

          Una mañana, la tía Mary vino a desayunar aún más tarde que lo habitual, y por algún motivo decidí esperar a que se terminara su avena. Antes de que llegáramos el puente, la segunda campana (la que era en serio) empezó a sonar. Yo estaba aterrada porque hasta ese momento nunca había llegado realmente tarde, así que me largué a correr tan rápido como pude. Escuchaba a mi tía atrás, riéndose de mí. Como sus piernas eran mucho más largas que las mías, me alcanzó, corrió hacia el patio y subió las escaleras antes que yo. Entré corriendo al aula y me arrojé, a los gritos, contra la erguida silueta de la señorita Morash. Todos tenían las manos juntas, las cabezas inclinadas e iban por “Venga a nosotros tu reino”. Me aferré a la larga y rígida falda de la maestra y empecé a sollozar. Atrás, mi horrible tía seguía riéndose. La señorita Morash interrumpió la plegaria y nos metió en el guardarropa, mientras me tomaba del hombro con firmeza. Allí, rodeadas de ganchos japoneses de los que colgaban sólo dos o tres gorras, tendríamos algo de privacidad, aunque escuchábamos las risitas nerviosas y cuchicheos que venían del aula. Primero la señorita Morash reprendió a Mary con tono severo, le dijo que había llegado muy tarde a clase y que fuera para arriba de inmediato. Después trató de calmarme. Me dijo, de manera muy amable, sin usar su típica voz penetrante, que no hacía falta derramar lágrimas por haber llegado apenas unos minutos tarde, que todo estaba bien y que podía volver al aula y unirme a nuestras canciones matutinas. Me limpió la cara con un pañuelo blanco plegado que llevaba atado al cinturón, me dio unas palmaditas en la cabeza y hasta me besó dos o tres veces. Todo esto me abrumó tanto que estuve a punto de llorar de vuelta, pero mantuve la vista fija en sus dos gigantes zapatos, impersonales y blancos como la harina, y conseguí evitarlo. Tenía que enfrentarme a mis compañeros, que se reían con disimulo, pero me di cuenta de que podía hacerlo. Y eso fue todo, aunque seguí enojada con la tía Mary mucho tiempo, porque todo había sucedido por su culpa.

            Este fue, para mi gusto, el incidente más dramático de todo el preescolar, y nunca más volví a llegar tarde. Mis primeras experiencias con la educación formal fueron en general placenteras. Aprender a leer y escribir no me produjo ningún sufrimiento. Leer me parecía más fácil, pero escribir era ameno (desde un punto de vista artístico) y llegué a admirar mi letra en lápiz cuando llegué a esa etapa, del modo en que tal vez un joven estudiante chino podría admirar los trazos de su pincel. Era maravilloso ver que cada letra tenía una expresión diferente, y que la misma letra podía tener expresiones diferentes de acuerdo con el momento. A veces, las dos mayúsculas de mi nombre lucían desdichadas, caídas y de mal humor, pero otras veces salían redondas y alegres, casi que con los cachetes rosas. También esperaba “Primer Grado” con ansias, y tener geografía, mapas y cuentos mejores. La única materia que me desconcertaba era aritmética. Sabía todos los números, por supuesto, y me gustaba escribirlos (finalmente había dominado el ocho) pero cuando observaba las clases de aritmética de los mayores, las columnas de números en el pizarrón eran absolutamente incomprensibles. ¡Esos misteriosos números!

 

 

[1] Indígenas algonquinos. Antiguamente vivían en la bahía de Fundy, entre la desembocadura del río San Lorenzo y Cape Breton, en Terranova, Nuevo Brunswick, Nueva Escocia y la Isla del Príncipe Eduardo.

[2] “The Maple Leaf Forever”, cancion patriótica canadiense.

[3]  Himno del Reino Unido.


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