Denise Levertov – Cinco poemas

introducción y traducciones de Ezequiel Zaidenwerg y Alejandro Crotto

 

Denise Levertov nació en 1923 en Ilford, Essex, Inglaterra, hija de Paul Philip Levertoff, un judío ruso convertido al cristianismo que era pastor anglicano, y de Beatrice Spooner-Jones, oriunda de Gales.

          Fue una poeta precoz: a los cinco años, declaró que sería escritora; a los doce le envió sus poemas a T. S. Eliot, quien le escribió en respuesta una carta de aliento; a los diecisiete publicó su primer poema en una revista.

          Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como enfermera en Londres. En 1946 publicó su primer libro. En 1947 se casó con el escritor estadounidense Mitchell Goodman. Al año siguiente, Goodman y Levertov se mudaron a Nueva York, donde tuvieron un hijo, Nikolai; el matrimonio duraría hasta 1974. A su llegada a los Estados Unidos, Levertov se vinculó con los poetas Robert Creeley y Kenneth Rexroth, y publicó poemas en la Black Mountain Review. En 1955 obtuvo la nacionalidad estadounidense. Con excepción de breves estancias en Europa y México, y de los frecuentes viajes que realizó en calidad de escritora, vivió toda su vida en los Estados Unidos, donde trabajó como docente en diversas universidades y desempeñó tareas editoriales. A lo largo de su larga y prolífica carrera literaria, publicó más de veinte libros, principalmente de poesía, aunque también ensayos. Recibió numerosos premios y distinciones, tanto por su obra literaria como por su compromiso social y político. Murió en 1997.

          Presentamos a continuación cinco poemas de ella, y luego una entrevista ensamblada con traducciones de fragmentos de varias entrevistas recogidas en Jewel Spears Brooker (Editor). Conversations with Denise Levertov (Literary Conversations Series); University Press of Mississippi; 1998.

  

AL LECTOR

Mientras leés, un oso polar plácidamente
orina y tiñe
la nieve de azafrán;

mientras leés, algunos dioses
se acuestan entre hiedras: sus ojos de obsidiana
están mirando las generaciones de hojas;

mientras leés, el mar
está pasando sus páginas oscuras,
pasando
sus páginas oscuras.

 

TO THE READER

        As you read, a white bear leisurely
        pees, dyeing the snow
        saffron,

        and as you read, many gods
        lie among lianas: eyes of obsidian
        are watching the generations of leaves,

        and as you read
        the sea is turning its dark pages,
        turning
        its dark pages.

 

CONTRABANDO

El árbol del conocimiento era el de la razón.
Por eso es que probar de él
nos arrojó del Paraíso. Lo que había que hacer con ese fruto
era secarlo y molerlo hasta obtener un polvo fino,
para después usarlo de a una pizca por vez, igual que un condimento.
Probablemente Dios tenía planeado mencionarnos más tarde
este nuevo placer.
Nos lo comimos hasta atragantarnos,
llenándonos la boca de pero, cómo y si,
y de pero otra vez, sin saber lo que hacíamos.
Es tóxico, en grandes cantidades: sobre nuestras cabezas
y en torno de nosotros el humo se arremolinó,
para formar una compacta nube que se fue endureciendo
hasta hacerse de acero: un muro entre nosotros
y Dios, que era el Paraíso.
No es que Dios no sea razonable; pasa que la razón
en tal exceso era una tiranía,
y nos aprisionó en sus propios límites, un calabozo de metal pulido
que reflejaba nuestros propios rostros. Dios vive
al otro lado de ese espejo,
pero a través de la rendija en donde el cerco
no llega justo al piso, logra colarse al fin:
como una luz filtrada, como chispas de fuego,
como una música que se oye, cesa de pronto
y, de repente, se hace audible de nuevo.

 

CONTRABAND

The tree of knowledge was the tree of reason.
That’s why the taste of it
drove us from Eden. That fruit
was meant to be dried and milled to a fine powder
for use a pinch at a time, a condiment.
God had probably planned to tell us later
about this new pleasure.
We stuffed our mouths full of it,
gorged on but and if and how and again
but, knowing no better.
It’s toxic in large quantities; fumes
swirled in our heads and around us
to form a dense cloud that hardened to steel,
a wall between us and God, Who was Paradise.
Not that God is unreasonable – but reason
in such excess was tyranny
and locked us into its own limits, a polished cell
reflecting our own faces. God lives
on the other side of that mirror,
but through the slit where the barrier doesn’t
quite touch ground, manages still
to squeeze in – as filtered light,
splinters of fire, a strain of music heard
then lost, then heard again.

 

LA MENTE PARPADEANTE

No, Señor, no sos vos,
soy yo la que está ausente.
Al principio,
creer era una dicha
secreta, con la cual
me escabullía sola
en lugares sagrados:
una mirada rápida y furtiva
en todas direcciones.
Hace ya mucho tiempo
que pronuncié tu nombre, pero ahora
eludo tu presencia.
Pienso en vos, y mi mente,
como una mojarrita,
se lanza hacia las sombras,
a los destellos que agitan sin cesar
la trama en movimiento de las aguas del río.
Ni un segundo mi mente
podrá quedarse quieta,
sino que vagará por cualquier parte,
girará donde encuentre
algún recodo. No sos vos,
soy yo la que está ausente.
Y vos sos la corriente, el pez, la luz,
la sombra palpitante,
sos la presencia inalterable, en la que todo
se mueve y cambia.
¿Cómo puedo fijar mi parpadeo, percibir
dentro del corazón del manantial
el zafiro que sé que está allí oculto?

 

FLICKERING MIND

Lord, not you,
it is I who am absent.
At first
belief was a joy I kept in secret,
stealing alone
into sacred places:
a quick glance, and away — and back,
circling.
I have long since uttered your name
but now
I elude your presence.
I stop
to think about you, and my mind
at once
like a minnow darts away,
darts
into the shadows, into gleams that fret
unceasing over
the river’s purling and passing.
Not for one second
will my self hold still, but wanders
anywhere,
everywhere it can turn.  Not you,
it is I am absent.
You are the stream, the fish, the light,
the pulsing shadow,
you the unchanging presence, in whom all
moves and changes.
How can I focus my flickering, perceive
at the fountain’s heart
the sapphire I know is there?

 

INTIMACIÓN

Esta luz, estas ramas, me impacientan.
Por más azul que esté, el cielo se entromete.
Porque empiezo a notar
que hay algo más que debo hacer,
y no logro encontrar el ritmo de los días
al que en otros inviernos podía moverme bien.
Cortaron aquel árbol alto,
el que el amanecer doraba –ese fervor
de pájaros y querubines
callados. La sequía
había apagado el verde
en muchas de sus hojas.
                          Porque sé
que una necesidad nueva ha empezado
a echar sus redes desde mí hacia 
un lugar desconocido. Busco
un silencio que está casi presente,
huidizo en los latidos de mi corazón.

 

INTIMATION

I am impatient with these branches, this light.
The sky, however blue, intrudes.
Because I’ve begun to see
there is something else I must do,
I can’t quite catch the rhythm
of days I moved well to in other winters.
The steeple tree
was cut down, the one that daybreak
used to gild—that fervor of birds and cherubim
subdued. Drought has dulled
many a green blade.
                                   Because
I know a different need has begun
to cast its lines out from me into
a place unknown, I reach
for a silence almost present,
elusive among my heartbeats. 

 

 

        UN ÁRBOL HABLA SOBRE ORFEO

        Alba blanca. Quietud.              Cuando el murmullo comenzó
        pensé que era una ráfaga de viento, que llegaba del mar a nuestro valle
        con rumores de sal, de horizontes sin árboles. Pero la blanca niebla
        estaba quieta; las hojas de los otros permanecían extendidas,
        inmóviles.

                                Sin embargo el murmullo se acercaba –y sentí
        un cosquilleo atravesar mis ramas exteriores, casi como si
        hubieran encendido fuego debajo, demasiado cerca,
        y hasta las ramas más pequeñas
        se secaran y fueran retorciéndose.
                                                       Yo no estaba asustado,                                  
                                                       sólo completamente alerta.

        Fui el que lo vio primero,
                    porque me erguía en la ladera, detrás de los demás.
        Un hombre, parecía: dos
        tallos en movimiento, el tronco breve, dos
        ramas como brazos, flexibles, cada una con cinco
                                                                        ramitas deshojadas en la punta,
        y la cabeza coronada por un pasto marrón o a lo mejor dorado,
        con una cara sin el pico de los pájaros,
        más bien como la cara de una flor.
                                                                   Cargaba algo
        hecho con una rama, doblada cuando aún estaba verde,
        con sarmientos trenzados y tensados a lo largo. De eso,
        cuando lo tocaba, y de su voz,
        que a diferencia de la voz del viento no necesitaba de
        nuestras hojas y ramas para dar su sonido,
                                                                             provenía el murmullo.
        Pero no era ya un murmullo (él se había acercado
        y detenido en mi primera sombra): era una ola que me empapó
                     como si un rápido chubasco
        surgiera desde abajo y desde los costados
                    en vez de desde arriba.
        Y lo que yo sentía ya no era un cosquilleo seco:
                    Me pareció que yo cantaba junto a él, y sentí que sabía
        lo que sabe la alondra; toda mi savia
        buscaba el sol que ya se había levantado, la niebla estaba disipándose,
        el pasto se secaba, y sin embargo mis raíces sentían que la música
        las nutría debajo de la tierra.

                   Él se acercó aun más, se recostó en mi tronco:
                  la corteza tembló como una hoja que está a punto de abrirse.
        ¡Música! Cada una de mis ramas
                                                       se estremeció de júbilo y temor.
        Cuando empezó a cantar
        la música dejó de ser solo sonido:
        hablaba, y yo escuché, como jamás escuchó antes un árbol,
                                                              y el lenguaje llegó hasta mis raíces,
        se metió en mi corteza
                                                       desde el aire,
        y en los poros de mis brotes más tiernos
                                                       con la delicadeza del rocío
        y no había palabras en su canto, pero yo lo entendía.
                    Cantaba sobre viajes,
                                de adónde van la luna y el sol mientras nosotros nos quedamos a oscuras,
        de un viaje bajo tierra que soñaba emprender alguna vez,
        más hondo aun que las raíces…
        Cantaba de los sueños de los hombres, de guerras, de pasiones y de penas,
        y yo, que soy un árbol, entendí las palabras. ¡Ay! Parecía que mi áspera corteza
        iba a quebrarse como la del retoño que crece demasiado en primavera
        y una helada tardía lo sorprende.

                                                                  Cantaba sobre el fuego,
        al que temen los árboles, y yo que soy un árbol, al calor de sus llamas me alegré.
        Nuevos brotes nacieron de mí, aunque era ya verano.
                    Su lira (ahora sé cómo le dicen)
        parecía estar hecha a la vez de fuego y hielo, y sus cuerdas flamearon
        hasta mi copa.
                                Yo volvía a ser semilla.
                                           Era un helecho en el pantano.
                                                       Era carbón.

        Y ahí en el corazón de mi madera
        (tan cerca estaba de volverme hombre o dios)
                    había algo así como un silencio, como una enfermedad,
                                algo que se parece a eso que los hombres llaman aburrimiento, 
                                                                                                                     algo
        (el canto bajó un tono, como baja un arroyo sobre piedras)
                    que enfriaría la llama de una vela, incluso mientras arde, dijo él.
        Fue entonces,
                                cuando más claramente su fuerza me alcanzaba,
                                                                   cambiándome, y creí que me desplomaría,
        que el cantor comenzó
        a abandonarme.           Lentamente
        se apartó de mi sombra corta del mediodía, y salió hacia la luz,
        las palabras bailaban y saltaban encima de sus hombros y hacia mí,
                    y los tonos fluviales de su lira lentamente se hacían
        un murmullo
                    de nuevo.
        Y yo,
                    aterrorizado,
                    pero sin duda alguna
                                                       de qué debía hacer
        con angustia, apremiado,
                                                       arranqué de la tierra una raíz tras otra,
        el suelo retumbaba y se quebraba, el musgo se rompía por debajo,
        y tras de mí los otros: mis hermanos,
        a quienes desde el alba había olvidado. Ellos también lo habían
        oído desde el bosque,
        y dolorosamente arrancaban sus raíces
        del suelo hecho de capas y capas de hojas muertas,
                     removiendo las piedras, liberándose
                                           de sus profundidades.
        Cualquiera esperaría que la lira y la voz
                                dejaran de escucharse
        en el fragor de la tormenta, pero no había tormenta
                                ni viento, solamente
        el aire que agitaban nuestras ramas y troncos al moverse.
                   ¡Pero la música!
                                           La música llegó hasta nosotros.

        Dificultosamente,
                                           tropezando con nuestras propias raíces,
                                                                                                               con un crujir
                                                                                                               de hojas en respuesta,
        nos pusimos a andar para seguirlo.

        Todo el día estuvimos siguiéndolo, subimos y bajamos las colinas.
                                                                                                 Y aprendimos
        a bailar.
                   porque él se detenía donde el suelo era llano
                                       y con su canto nos hacía saltar y dar vueltas
                   unos alrededor de otros, diseñando figuras al antojo de su lira.
        Y él se reía hasta las lágrimas al vernos, de tan feliz que estaba.
                                                                                          Cuando cayó la tarde
        llegamos a este sitio donde estamos ahora,  a esta lomada con su bosque añoso
        que entonces era sólo pasto.
                    Y con la última luz, entonó una canción de despedida.
                    Aquietó nuestro anhelo.
                    Con su canto volvió nuestras raíces resecas por el sol a la tierra,
                   y les dio agua: una lluvia de música tan suave
                                                                               que casi no la oíamos
        en medio de la noche sin luna.
        Al alba, ya no estaba.
                                                     Hemos estado aquí desde ese entonces,
        en nuestra nueva vida.
                                           Seguimos esperándolo.
                                                                   Pero él no ha vuelto aún.
        Dicen que hizo su viaje debajo de la tierra,
                   y que perdió lo que buscaba.
                                                                 Lo derribaron, dicen,
                   y cortaron sus miembros para usarlos de leña.
                                                                                       Y dicen, además,
                   que seguía cantando, cortada, su cabeza, y que cantando
                                por la corriente fue arrastrada al mar.
                    Tal vez ya no regrese.
                                                 Pero siempre
                     recordamos lo que esa vez vivimos.
                                                                  Vemos más.
                                                                               Y sentimos,
                     mientras vamos sumando más anillos,
                     algo que alarga nuestras ramas y ensancha nuestra copa más allá.
                                 Los pájaros y el viento,
                                          no suenan peor que antes, sino más claramente:
                      nos hacer recordar nuestra agonía, y el modo en que bailamos.
                      Y la música.

 

        A TREE TELLING OF ORPHEUS

        White dawn. Stillness.      When the rippling began
           I took it for a sea-wind, coming to our valley with rumors
            of salt, of treeless horizons. But the white fog
        didn’t stir; the leaves of my brothers remained outstretched,
        unmoving.

                Yet the rippling drew nearer — and then
        my own outermost branches began to tingle, almost as if
        fire had been lit below them, too close, and their twig-tips
        were drying and curling.
                        Yet I was not afraid, only
                        deeply alert.

        I was the first to see him, for I grew
           out on the pasture slope, beyond the forest.
        He was a man, it seemed: the two
        moving stems, the short trunk, the two
        arm-branches, flexible, each with five leafless
                                    twigs at their ends,
        and the head that’s crowned by brown or gold grass,
        bearing a face not like the beaked face of a bird,
         more like a flower’s.
                          He carried a burden made of
        some cut branch bent while it was green,
        strands of a vine tight-stretched across it. From this,
        when he touched it, and from his voice
        which unlike the wind’s voice had no need of our
        leaves and branches to complete its sound,
                               came the ripple.
        But it was now no longer a ripple (he had come near and
        stopped in my first shadow) it was a wave that bathed me
           as if rain
                rose from below and around me
           instead of falling.
        And what I felt was no longer a dry tingling:
           I seemed to be singing as he sang, I seemed to know
           what the lark knows; all my sap
                was mounting towards the sun that by now
                     had risen, the mist was rising, the grass
        was drying, yet my roots felt music moisten them
        deep under earth.

               He came still closer, leaned on my trunk:
                the bark thrilled like a leaf still-folded.
        Music! there was no twig of me not
                               trembling with joy and fear.

        Then as he sang
        it was no longer sounds only that made the music:
        he spoke, and as no tree listens I listened, and language
                          came into my roots
                               out of the earth,
                          into my bark
                               out of the air,
                          into the pores of my greenest shoots
                               gently as dew
        and there was no word he sang but I knew its meaning.
        He told of journeys,
                of where sun and moon go while we stand in dark,
           of an earth-journey he dreamed he would take some day
        deeper than roots…
        He told of the dreams of man, wars, passions, griefs,
                     and I, a tree, understood words — ah, it seemed
        my thick bark would split like a sapling’s that
                               grew too fast in the spring
        when a late frost wounds it.    
   
                                 Fire he sang,
        that trees fear, and I, a tree, rejoiced in its flames.
        New buds broke forth from me though it was full summer.
           As though his lyre (now I knew its name)
           were both frost and fire, its chord flamed
        up to the crown of me.

                     I was seed again.
                          I was fern in the swamp.
                               I was coal.

        And at the heart of my wood
        (so close I was to becoming man or god)
           there was a kind of silence, a kind of sickness,
                something akin to what men call boredom,
                                         something
        (the poem descended a scale, a stream over stones)
                that gives to a candle a coldness
                     in the midst of its burning, he said.

        It was then,
                when in the blaze of his power that
                          reached me and changed me
                 I thought I should fall my length,
        that the singer began
                     to leave me.      Slowly
                moved from my noon shadow
                                         to open light,
        words leaping and dancing over his shoulders
        back to me

                rivery sweep of lyre-tones becoming
        slowly again
                ripple.

        And I               in terror
                          but not in doubt of
                                         what I must do
        in anguish, in haste,
                     wrenched from the earth root after root,
        the soil heaving and cracking, the moss tearing asunder —
        and behind me the others: my brothers
        forgotten since dawn. In the forest
        they too had heard,
        and were pulling their roots in pain
        out of a thousand year’s layers of dead leaves,
           rolling the rocks away,
                          breaking themselves
                                            out of
                                         their depths.    
   
         You would have thought we would lose the sound of the lyre,
                          of the singing
        so dreadful the storm-sounds were, where there was no storm,
                     no wind but the rush of our
                branches moving, our trunks breasting the air.
                          But the music!
                                       The music reached us.
        Clumsily,
           stumbling over our own roots,
                                  rustling our leaves
                                              in answer,
        we moved, we followed.

        All day we followed, up hill and down.
                                    We learned to dance,
        for he would stop, where the ground was flat,
                                         and words he said
        taught us to leap and to wind in and out
        around one another     in figures     the lyre’s measure designed.

        The singer
                laughed till he wept to see us, he was so glad.
                                              At sunset
        we came to this place I stand in, this knoll
        with its ancient grove that was bare grass then.
                In the last light of that day his song became
        farewell.
                He stilled our longing.
                He sang our sun-dried roots back into earth,
        watered them: all-night rain of music so quiet
                                              we could almost
                                    not hear it in the
                                         moonless dark.
        By dawn he was gone.
                          We have stood here since,
        in our new life.
                     We have waited.
                               He does not return.
        It is said he made his earth-journey, and lost
        what he sought.
                     It is said they felled him
        and cut up his limbs for firewood.
                                         And it is said
        his head still sang and was swept out to sea singing.
        Perhaps he will not return.
                               But what we have lived
        comes back to us.
                     We see more.
                               We feel, as our rings increase,
        something that lifts our branches, that stretches our furthest
                                              leaf-tips
        further.
           The wind, the birds,
                               do not sound poorer but clearer,
        recalling our agony, and the way we danced.
       
The music!

 

 

CENTÓN DE ENTREVISTAS 

Periodista: ¿Podría darme una declaración de principios sobre lo que es para usted ser poeta? ¿Su estética?

Levertov: Antes que nada, creo que el don de escribir poesía debe siempre ser considerado justamente eso: un don, un regalo. Y es una responsabilidad, sea que uno considere ese don algo dado por Dios o por la Naturaleza, y el poeta debe tomarla muy seriamente, porque se trata de una responsabilidad no para consigo mismo, ni para con su carrera, sino para con la poesía misma. Por eso creo en la dedicación y la artesanía. Y, como artesana, creo que cada detalle, cada coma, cada punto y coma, es algo importante y debe ser cuidadosamente sopesado. La puntuación es una herramienta, todos los elementos del sistema de puntuación y de la gramática son herramientas, y deben ser utilizados con eficiencia.

P: ¿O sea que no cree en dejar intacto el primer borrador, escrito de un tirón, incluso con errores ortográficos?

Levertov: No. Ciertamente que no. Sí estoy convencida de que es indispensable para el poeta recibir un impulso inicial, que siempre es algo dado, y sobre el cual él no puede ejercer ningún control. O se recibe ese impulso o no se lo recibe. Y creo que cada poema debe surgir desde un nivel muy profundo del poeta, porque si no el poema no estará vivo, no podrá vivir. No será viable. Por eso, creo además que parte importante del talento de un poeta es el instinto de saber cuándo empezar a escribir el poema. Un poema que se ha empezado a escribir, a cristalizar en el papel, demasiado pronto, antes de tiempo, será un poema que necesitará, si el poeta es responsable, muchísimas revisiones. Y esto puede evitarse si uno espera el momento justo para empezar a escribir. Una vez que se ha cristalizado el poema llega la hora de la responsabilidad de la inteligencia y del juicio crítico del poeta. Algún accidente (pero no un error ortográfico, claro, eso está fuera de toda duda), por ejemplo alguna irregularidad sintáctica, podría ser funcional al poema y quedar integrado como una parte funcional del mismo.

            El poeta debe analizar la primera versión escrita del poema y considerar con su experiencia y juicio crítico y conocimientos qué es lo que el poema necesita. Puede que el poema funcione y esté completo así como está. El poeta debe desarrollar antenas que le indiquen qué pasa con ese poema. Debe poder sentir qué es lo que tiene entre manos.

P: ¿Y cómo se sabe, habiendo escrito el primer borrador, que el poema está bien y que va a funcionar?

Levertov: Es común que cuando el poeta ha terminado el primer borrador se sienta eufórico, y esté erróneamente convencido de que el poema ya está bien así como está. Lo que hay que hacer es esperar y leerlo al día siguiente, o a la semana siguiente, mejor. Algunos poetas trabajan lentamente y otros más deprisa. Yo trabajo más bien rápidamente. Después, creo que cada uno debe confiar en su experiencia. Una se pasa toda la vida escribiendo poesía (yo empecé a escribir poesía cuando era una niña, y son muchos los poetas que empiezan de niños o siendo muy jóvenes), y cuenta con todos esos años pensando en la poesía, leyendo y escribiendo poesía, para ayudarse. No es que se está en medio de la nada. Es cuestión de saber juzgar. ¿Cómo sabe un pintor que el cuadro está terminado? Es una síntesis de intuición e inteligencia. No se puede dejar nunca la inteligencia afuera, pero no se puede empezar por la inteligencia; si se empieza por la inteligencia no se llega a nada: se obtiene un bebé que nació muerto.

P: ¿O sea que cuando empieza a ocurrírsele un poema, usted no lo empieza a escribir inmediatamente?

Levertov: Depende de qué sea eso que empieza a ocurrírseme. Si sólo tengo una vaga sensación de que de algún modo estoy cerca de un poema, entonces no, no me siento todavía a escribir, sino que espero. Si todo un verso o una frase se me vienen a la cabeza, entonces sí los anoto, pero no me obligo a escribir nada más, salvo que el verso o la frase me sugieran inmediatamente otro verso u otra frase. Si lo que tengo es una idea, no hago nada hasta que esa idea empiece a cristalizarse en frases, en palabras y ritmos, porque si me apuro o trato de producir voluntariamente el poema antes de que la intuición esté preparada para jugar el rol que debe jugar, eso será un muy mal comienzo, y tal vez termine arruinando completamente el proyecto de poema. O sea que tengo una idea sobre cuándo debo comenzar a escribir un poema, pero es difícil de describir, y además varía de poema a poema. Lo que sí siento siempre es una especie de sensación preliminar, un aura que no sé bien qué es -¿tal vez sea una advertencia?- y que me indica que existe la posibilidad de que termine escribiendo un poema. Se puede oler el poema antes de verlo, como si el poema fuera un animal.

P: ¿Cuánto le lleva escribir un poema?

Levertov: Eso varía mucho de poema a poema. Los poemas que surgen claros desde el primer verso suelen ser poemas breves, y a veces algunos de esos poemas quedan listos en la primera sentada. Creo que cuando un poema surge casi completo es porque ha habido ya mucho trabajo preliminar a nivel pre-consciente. De todos modos, a veces los poemas breves también llevan mucho tiempo. También se puede estar especialmente compenetrado en la escritura y escribir un poema largo en el tiempo que lleva escribir un poema breve, pero creo que no hay reglas demasiado claras en esto. Y creo que también varía mucho de un escritor a otro. Algunos poetas son más prolíficos, escriben mucho, y descartan mucho también. Otros son compulsivos perfeccionistas que trabajan años y años en un solo poema: suelen quedar poemas muy finamente trabajados.

P: ¿Sobre qué escribe usted?

Levertov: Creo en escribir sobre lo que se encuentra bajo la palma de la mano, en cierto sentido. Creo que no se deben buscar los temas en poesía. No creo en lo artificial, y no me gusta la poesía que suena artificial. Dijo Keats: “la poesía debería brotar naturalmente, como las hojas del árbol, o no brotar en absoluto”, y no creo que se refiriera a que la poesía sea una cuestión de “cantar las notas naturales libremente” como en el verso de Milton sobre Shakespeare. Creo que se refiere más bien a que la poesía debe brotar de una necesidad, debe brotar del tener verdaderamente algo que decir sobre algo que se ha sentido o experimentado. No necesariamente en el mundo visible, el mundo externo, porque bien puede tratarse de una experiencia interna, peo debe ser algo real, algo verdadero.

P: ¿Escribir poesía le resulta una tarea dolorosa?

Levertov: Lidiar con el dolor no es una de las actividades principales en la escritura de poesía, para mí. Más bien, diría que escribir me resulta muy placentero. Creo que todo el mito sobre el sufrimiento del poeta es vanidad –vanidad en un sentido bíblico. Los sufrimientos de los poetas no son más grandes que los de cualquier otra persona. Quizá sea cierto que algunos poetas tengan una sensibilidad y una atención más desarrolladas que el común de las personas, y ello pueda llevarlos a experimentar un sufrimiento superior al de la media. Pero seguramente hay mucha otra gente que es igual de sensible, pero que no tienen nada creativo que hacer con su sensibilidad. En cierto sentido, dado que no han encontrado una forma de transformar esa sensibilidad en acción artística, probablemente sufran más que alguien que encuentra en su sensibilidad una oportunidad para crear.

P: Su nombre suele asociarse a poetas como William Carlos Williams, Ezra Pound, Hilda Doolitle… ¿qué poetas fueron especialmente significativos para usted e influyeron más en su manera de escribir?

Levertov: Empecé a leer poesía siendo todavía una niña: leía a Keats, a Tennyson, a Wordsworth. También leía muchísima poesía isabelina. Y también leía a poetas más jóvenes, los que representaban una suerte de vanguardia en la Inglaterra de mi niñez: Auden y Spender y Eliot. Durante mi adolescencia y mis primeros años de juventud, nadie en Inglaterra estaba demasiado enterado de lo que hacían los poetas norteamericanos. Yo no conocía a muchos escritores, y los que conocía no leían a Pound. Yo misma no lo leí hasta el año anterior de irme a vivir a los Estados Unidos. Tampoco conocía a Williams en ese entonces. De Hilda Doolitle conocía algunas cosas que había hecho con los imagistas, pero no sus últimos trabajos de ese entonces. A Stevens empecé a leerlo en París el año antes de irme a vivir a los Estados Unidos. Leía también a los poetas ingleses un poco mayores que yo y que estaban en ese entonces publicando en Inglaterra. Y también leía algo de poesía francesa, especialmente Baudelaire y Rimbaud

            Williams significó mucho para mí, de él aprendí cómo se podía usar el inglés norteamericano, y sobre todo me demostró, ejemplo tras ejemplo, cómo la experiencia más trivial podía ser mostrada en el poema como lo que verdaderamente es, revestida de maravilla. De Stevens, cuyos largo poemas filosóficos no me atraen tanto como sus poemas breves, creo que he tomado, una vez y otra vez, un cierto sentido de la magia, esa magia surrealista que aparece también en García Lorca- un recordatorio de cómo a cierto nivel de conciencia del lenguaje se pueden hacer piruetas maravillosas. Stevens distorsiona mis sentidos, como Rimbaud. Muchas veces he pensado que el poeta ideal sería una mezcla de William Carlos Williams y Wallace Stevens.

P
: ¿Y qué opina de la obra de Pound?

Levertov: Creo que he aprendido más del trabajo crítico de Pound que de su poesía. Aunque lo he leído, no percibo en mi obra ninguna influencia directa de su poesía. En cambio siempre estoy releyendo El ABC de la lectura y siempre lo encuentro útil y práctico.

P: ¿Y de la obra de Eliot?

Levetrtov: Como dije, leía mucho a Eliot en Inglaterra, y estoy segura de que cuando yo era muy joven debo de haber recibido, como por ósmosis, no de manera consciente, alguna influencia de Eliot, como casi todos; pero luego no ha sido una de mis fuentes más importantes. Me parece que muchas cosas de Eliot que me interesaban hace veinte o quince años no han envejecido del todo bien. Algunas ideas suyas, como la del correlato objetivo, son ciertamente muy importantes, pero otras de sus ideas críticas simplemente no van bien conmigo.

P: ¿Cree usted que el poeta cumple algún tipo de función social?

Levertov: Bueno, no sé si yo lo diría de ese modo, pero creo que el poeta puede cumplir algún tipo de función en la sociedad, porque creo que la buena poesía tiene la… ¿cuál sería la palabra? Algo como lo que señala Wallace Stevens en Adagia sobre que la poesía debería incrementar nuestra conciencia de estar vivos, algo así. Y creo que la buena poesía hace eso. Un buen poema aumenta y afina nuestra experiencia, sea cual sea el tema del que trate. Aumenta la sensibilidad del lector: no se es el mismo tras el encuentro con una obra de arte. Es como un cambio químico, es una experiencia por la que uno ha atravesado, incluso si después la olvida. Así que finalmente la poesía cumple una función social a ese nivel, y eso más allá de que sea poesía que tome o no determinadas posturas políticas o históricas, o lo que fuera… Influirá en las personas, en las actitudes de los lectores, si se trata de buena poesía.

P: Para terminar, quisiera que comentara algo sobre el poema suyo que más me gusta, la Misa por el día de santo Tomás Apóstol…

Leer el poema Misa por el día de Santo Tomás Apóstol.

Levertov: Siempre me interesó mucho Santo Tomás Apóstol, el hombre, la persona que no podía creer que Cristo hubiera efectivamente resucitado. Porque la cuestión de alcanzar una certeza comparable a creer es algo con lo que me imagino voy a lidiar toda mi vida, y creo que nunca alcanzaré ese grado de certeza. Conozco poca gente que lo haya logrado. Entonces la figura de Santo Tomás Apóstol, así como la de ese padre que en el Evangelio exclama “Creo, Señor, ayuda mi poca fe”, siempre serán importantes para mí. Y me imagino que para cualquiera que sea honesto consigo mismo. Con respecto al poema en sí, empecé simplemente con la idea de usar esas formas que fueron tan fértiles como estructura para tantos compositores a lo largo de tantos siglos, y ver qué podía hacer con ellas en poesía. Empecé, paradójicamente, con la idea de escribir una especie de misa agnóstica, pero en el proceso de escribirla fui cambiando. No es en definitiva tan extraño: la poesía es algo que está más allá del poeta, una fuerza poderosa de la cual el poeta es un simple sirviente.

 

Fragmentos de los reportajes de:

David Osman/ 1963. De The Sullen Art: Interviews by David Ossman with Modern American Poets, ed. David Ossman (New York: Corinth Books, 1963), 73-76.

Walter Sutton/ 1965. De Minnesota Review, 5 (December 1965), 332-38. Reprinted by permission of Waler Sutton

William Packard/ 1971. De New York Quarterly, 7 (Summer 1971), 9-25. Reprinted in William Packard, The Craft of Poetry (New York: Doubleday, 1974), pp 79-100.

Michel Andre/ 1971. De Little Magazine 5:3,5 (Fall/Winter, 1971/72), 42-45.

Maureen Smith/ 1973. De Tradition et Engagement dans la Poésie de Denise Levertov (Unpub. PhD dissetration: Université de Poiters, 1979).

Sybil Estess/ 1977/78. De American Poetry Observed: Poets on Their Work, ed. Joe David Bellam (Urbana: University of Illinois Press, 1984), 155-67.

Lorrie Smith/ 1984. De Michigan Quarterly Review 24:5 (1985), 596-604.

Nancy K. Gish/1990. Unpublished telephone interview conducted in September 1990 from the home of Nancy K. Gish in Maine.


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