Safo en el aire de la noche

por Alejandro Bekes

 

No sé cómo empezó la historia: supongo que como todas, sin avisar. No sé cuántos años hace que leí por primera vez el “Ultimo canto di Saffo”, de Leopardi: Placida notte e verecondo raggio / Della cadente luna… No sé cuántos que Pablo Ingberg me envió su bella edición, bilingüe, anotada e ilustrada, de la poetisa de Lesbos. No sé si, en medio de mi admiración y emoción, reparé entonces en este poema que ahora quiero evocar; creo que me detuve en otros, más completos, como el hermoso Phaínetaí moi kênos ísos théoisin… que Catulo tradujo al latín: Ille mi par esse deos videtur, “Él me parece idéntico a los dioses…”, y cuyo texto se ha preservado entero en el antiguo tratado De lo sublime. O en el inolvidable fragmento que empieza Ásteres mèn amphì kálan selánnan, “Las estrellas en torno de la hermosa luna”: verso que oí de boca de un músico poeta, Antonio Yepes, mucho antes de verlo escrito en el papel. O en este otro que, mejor que cualquier tratado, define el arte de la lírica:

 

Algunos, un ejército a caballo; otros, de infantes,
y otros, de naves, dicen que, sobre la negra tierra,
es lo más bello; en cambio yo,
aquello que se ama.

 

            Así en la versión de Pablo Ingberg. Pasaron todavía algunos años y conocí (gracias a otro Pablo: a Pablo Anadón) estos versos de Horacio Castillo:

 

Ella a menudo, en Sardes,
tendrá su pensamiento aquí…

 

            Pero soy lento: no los asocié con Safo. Faltaba algo que me ayudara a atar los cabos sueltos. Otros años pasaron y una tarde, una tarde mágica, en Firenze, Celina y yo (Esmeralda estaba en la panza) nos detuvimos unos minutos en un puesto de libros viejos, a dos o tres calles de la Signoria. Vi uno, que tengo ahora ante mis ojos, en cuya tapa hay un hombre a caballo y un águila, obviamente salidos de un vaso antiguo; es una antología escolar de poesía griega, más específicamente del “período jónico”. Libros como éste leían (¿o leen?) los adolescentes italianos… Como sea, me lo traje, por cincuenta céntimos de euro. Allí está también este poema de Safo; al inicio, el texto original, entre lamparones ciegos, tiene las letras: Sard...; dolorosamente fragmentado, roído por la ignorancia de los siglos, con sus estrofas finales desmigajándose en palabras mutiladas y en letras sueltas, sólo se salvó entera la maravillosa parte central; aparece en este libro acompañado de dos versiones: una, en una prosa ajustada y sobria, y luego, más abajo, rehecho, sentido de nuevo y completado, con un poco de imaginación, por el filólogo, traductor y poeta Manara Valgimigli. ¿Qué seducción evanescente trae este raro poema, desde semejante hondura del tiempo? ¿Acaso el contraste entre el frágil material que nos lo deja ver (pedazos rotos de pergamino, de un pergamino antiquísimo, quizá raspado para escribirle encima otra cosa) y la dulzura del sentimiento que en él perdura, como el perfume en el fondo de un frasco? Es más que eso. Es poesía. Safo consuela a su amiga Atis por la ausencia de otra. ¿Quién es y por qué está lejos? ¿Se ha casado, quizá contra su voluntad, y ahora desde Sardes extraña a su patria, Mitilene? Quizá. De ella sólo sabemos que vence a las demás en belleza, como la luna vence a las estrellas cuando aparece en el anochecer: las vence sin fuerza, insinuándose con sus dedos de rosa… Con elementos dispersos, recogidos a lo largo de mi esporádico y no correspondido amor por Safo, redacto ahora estos versos en castellano; versos que quieren imitar a los suyos, donde la belleza, la inocente e indefensa belleza (brododáctylos selánna…), vence al tiempo; versos que ojalá ella, desde el cielo lunar donde habita, décima musa, me perdone.

Ella, lejos, en Sardes,
en pensamiento siempre aquí retorna.
Cuando unidas el tiempo nos hallaba,
como a diosa visible te quería
y con tu canto se alegraba siempre.
Ahora resplandece entre las lidias,
como después que el sol ha naufragado
la luna con dedos de rosa
hace palidecer a las estrellas
y sobre el mar salado infunde
su luz y en las campiñas perfumadas,
y desciende el rocío y se entreabren
las rosas y los trémulos hinojos
y las hojas del trébol florecido.
Sin cesar ella viene y va y se acuerda
de su Atis querida y el deseo
su delicado espíritu consume.
Que acudamos allá, suena su voz;
y su voz atraviesa el mar y en eco
lo repite la noche
toda llena de oídos.


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