Dante en Borges

por Alejandro Crotto

 

De tres maneras veo aparecer a Dante en la obra de Borges. La primera es directa, inmediata, en un amplio arco que va desde un libro como Nueve ensayos dantescos hasta este saludo al pasar en la “Historia del guerrero y la cautiva”, sobre Droctulft: “No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno de su sangre –Aldiger– pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri…”

       En la segunda Dante ya no es nombrado, sino aludido. “El Aleph” es un ejemplo clásico. La protagonista del cuento –que ha muerto, amada unilateralmente, y sobre cuyo estado escatológico se nos ofrece una breve visión truculenta– se llama Beatriz. Hay un descenso; hay un espacio de revelación que cabe en un punto, como todo el paraíso. Otro buen ejemplo es el “Poema conjetural”. Cuando Laprida, “como aquel capitán del Purgatorio”, se presenta “huyendo a pie y ensangrentando el llano” está traduciendo directamente las palabras de Buonconte de Montefeltro en Purgatorio V: fuggendo a piede e sanguinando il piano. Esa alusión funciona como un disparador de otras coincidencias: ambos están en una batalla, ambos están a punto de morir con una herida en la garganta. Y, lo más importante, ambos cambiarán a último momento su destino. Laprida descubre un inexplicable júbilo secreto que, endiosándole el pecho, ilumina retrospectivamente toda su vida: esa muerte bárbara a cielo abierto entre ciénagas es una felicidad que anhelaba sin saberlo. Es la oportunidad de encarnar para siempre el rol del héroe, borrando al scholar de libros, de sentencias y dictámenes que había creído que quería ser. Buonconte, que está en el purgatorio con quienes fueron “hasta el último instante pecadores”, justo antes de morir derrama una lágrima de contrición y se encomienda a la Virgen. Eso bastará para que sea contado entre los elegidos, esa sincera lagrimita logra lo que no lograron las estrategias retóricas de su padre, Guido, que seguirá para siempre con sus astucias hundido en el octavo círculo del infierno. “Huyendo a pie y ensangrentando el llano”. Un verso sencillo, al pasar, que ilumina todo el poema, cuyo núcleo irreductible, el de cifrar toda una vida en un momento, es además algo que Borges dice en su conferencia sobre la Comedia haber aprendido de Dante: “Una novela contemporánea requiere quinientas o seiscientas páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le basta un solo momento. En ese momento el personaje está definido para siempre. (…) Yo he querido hacer los mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida”. Presentar un momento como cifra de una vida, dice Borges, o, como lo formula en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

       Esta presencia secreta y decisiva es la tercera. En “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” Dante no es nombrado ni aludido, y sin embargo está presente en la articulación misma del cuento. Recordemos, por ejemplo, “La casa de Asterión”. Dante no es nombrado ni aludido y de hecho el minotauro de Borges no puede ser más distinto que el que Dante propone como guardia del círculo séptimo. Para Dante es un símbolo violento, un cruce entre la naturaleza humana y la bestial (todo el círculo séptimo está atravesado por estas cruzas: el minotauro, arpías, centauros); es un rabioso a quién la mera mención de su muerte precipita en la furia ciega. El de Borges, en cambio, es en su singularidad infinitamente melancólico y ve su muerte como una liberación. Dante lo imagina con cuerpo de toro, y torso y cabeza humanos. Borges lo imagina, como la pintura de Watts, con cabeza de toro y cuerpo humano. Y pese a todas esas diferencias, en este cuento Borges escribe desde el núcleo más íntimo de la poesía de Dante. Porque la poesía de Dante es, entre muchas cosas, la asombrosa capacidad de dar imágenes del corazón del hombre. Cuando Dante se detiene, por ejemplo, en la incontinencia referida a la pasión amorosa, inventa escenarios, acciones y personajes que la materialicen en poesía. De ahí el viento oscuro que no cesa, de ahí la unión indisoluble y ruinosa de Paolo y Francesca, de ahí la compasión que despiertan, de ahí la duplicidad de sus palabras. El segundo círculo del infierno que recorre Dante no es otra cosa que las imágenes de esa pasión humana, proyectada en su clausura al infinito. Borges en “La casa de Asterión” escribe desde una idéntica concepción de la poesía, dándole imágenes a una pasión esencial del corazón del hombre. Todo el cuento es la materialización imaginativa de la soledad. De ahí la soberbia inconsciente de su protagonista, su no advertir lo doloroso de jugar a dejarse caer desde azoteas, de jugar a estar dormido hasta a veces dormirse y despertar con la larga noche por delante, de jugar a que recibe una visita. La presencia de Dante en este cuento es decisiva, pero no en un sentido causal, Dante no está articulando la escritura. Dante y Borges, simplemente, abrevan del mismo manantial. El manantial del que abrevan, entre tantos, Ovidio para su cazador metamorfoseado en ciervo, o Kafka para su mensajero imperial al que siempre seguimos esperando.


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