Con el sabor de la poesía anónima

(Ramón Minieri: De los molinos y otras lecciones – Río Colorado)

Quizá no haya golpe más duro para el amor propio del poeta actual que el ser juzgado correcto. Señalar la corrección de un poema suele ser un eufemismo, el salvoconducto –ineficaz por cierto– con que el lector-crítico elude referirse a lo crucial: la ausencia de poesía en la pieza escrita. La incorrección no es tan lacerante: el poeta aprendiz vislumbra que aún hay reglas de arte –por nebulosas que sean– por aprender. Hay esperanzas. La corrección señala algo mucho más grave: se posee la técnica pero ahí no brilla nada. O peor aún: uno ha escrito exactamente lo que se esperaba que uno escribiera. Nada más ni nada menos. Este meollo está expresado en un magnífico poema de Miguel Ángel Petrecca que se titula “Lección”. Transcribo un fragmento:


Pero recuerdo aún tu latigazo
la primera vez que leíste mis poemas:
“Son correctos”. (…)
(…) El talento, a veces,
No lo es todo, pero el esfuerzo casi siempre no es nada.”

Los que hayan leído el texto entero verán desprenderse dos líneas del poema de Petrecca: si alguna vez la tuvo, junto a la claridad y al ornato, la corrección parece haber perdido toda entidad estética. Más bien, suele aparecer como el certificado de defunción de la poesía. Segundo: en una especie de confirmación del clásico de Simic “the time of minor poets is coming…”, Petrecca deja entrever que para arraigar la palabra, para verla fulgurar otra vez, al poeta solo le queda abrazarse a la única constelación que lo mira fijamente: la del ratón… Menores sí, entonces. Correctos no.

Justificadas de algún modo por la referencia lectiva del título, estas especulaciones sobre la corrección encuentran un estupendo contraejemplo en el libro De los molinos y otras lecciones de Ramón Minieri. En efecto, no se puede disociar el indudable encanto de su poesía de cierto aire magistral. En particular, de algunas notas propias del magisterio: corrección, diafanidad, precisión expresiva… Nada cerrado o áulico: “Nos esperaba esa lección de cosas antes de ninguna otra, antes aún de que entráramos en un aula, y se nos repetía sin palabras, diariamente”. Tan nítida es la línea de Minieri, que renuncia sin costos a las apoyaturas usuales de la puntuación. Su poesía es un flujo de minúsculas bien escandido, internamente equilibrado. Minúsculas y espacios blancos: ningún otro ceñimiento. No hay en ello una tímida estrategia vanguardista de aminorar el “universal provincianismo” de sus dictados. Sencillamente se trata de liberarse de lo superfluo. También los cortes de los versos son límpidos: cumplen una función más allá de lo visual; son verdaderas pausas versales que ciñen ritmo y sentido. Es decir, por donde se mire lenguaje necesario, depurado de vulgaridades y pedanterías…

El asunto que sobrevuela y domina el libro es el saber. Un saber extraño que se asienta en cualquier sitio que no ostente algo parecido a una conciencia individual: la flor del molino sabe, esto nada más sabe el zorzal, la tierra sabe más que todos los sabios, la sierra sabe cosas, guanacos mesurados/ zorros inquisitivos/ buitres gozosos/ extáticos lagartos/ me disculpan/ saben que yo no sé/ que recién llego/ recién/ empiezo a preguntar… Aunque desde el texto inicial Minieri se sitúe en el lugar del aprendiz, su escritura transluce algo más complejo y atractivo que la visión candorosa del ignorante. En cualquier caso muestra la rareza de uno que expresa con una claridad incisiva lo que no sabe. Poesía de un maestro que de entrada ha aceptado su condición de aprendiz o, mejor, de transmisor, de una “lección de cosas”. Dada esta noción supraindividual del saber, resulta natural que la persuasión poética en Minieri provenga de un gesto de confianza en la lengua. Ella no lo cercena, no lo obliga a decir cosas que no son las suyas. El saber está afuera, en la lengua. Por eso la suya tiene el sabor de la poesía anónima, el gusto mágico de encontrar abarcado en una palabra de diccionario un fragmento significativo del mundo que antes solo esbozábamos torpemente con un conjunto de palabras.

Javier Foguet