Editorial

Ricardo H. Herrera

Por nacer de una confianza acaso excesiva en la potencia evocadora de los nombres, la magia verbal de la poesía lírica puede llegar a convertirse en cenizas de la noche a la mañana. ¿Qué es poesía? Si atendemos a lo poco que sobrevive de tanta escritura, se diría que en principio es sinónimo de existencia efímera, vale decir: de un día. Nadie que se dedique con seriedad a la poesía se libra de padecer la angustiosa experiencia de su nadería: “A través de los años las palabras palidecen, se vuelven fantasmales”, advirtió Mastronardi; “ya verás esta cosa justa y al par tremenda / de ir dejando fantasmas más atrás de tu senda”, señaló Fernández Moreno. Teniendo en cuenta esa fragilidad, poetas como Machado y Borges pensaron que al hacer poesía era conveniente ir más allá de la magia y narrar una historia, lograr a un tiempo “canto y cuento” en el poema. La solidez de obras como el Martín Fierro de Hernández y los Romances de Río Seco de Lugones prueban la pertinencia de esa hipótesis. Ya en el presente inmediato, desde una perspectiva decididamente historicista, buscando darle anclaje a la poesía – aunque haciendo abstracción de la dimensión estética del idioma – han vuelto a la carga quienes consideran que el hecho poético radica en el montaje de piezas críticas de características especulares, aptas para proporcionar “un conjunto de herramientas que se revela útil a la hora de pensar problemas políticos, culturales e históricos”.

Más allá de las líneas de tensión esbozadas, en el momento de intentar definiciones de la poesía, hay reliquias de la lengua que resisten la embestida del tiempo y vienen en nuestra ayuda: versos que no se dan por vencidos, que retornan una y otra vez a nuestra mente, fragmentos vivos de realidades rotas, incluso pulverizadas. Cuando además de lecturas hay memoria, el oído alberga milagrosas supervivencias sonoras de voces que grabaron en nuestra literatura una Inicial de oro. Tal el título del primer poema de la obra ordenada de Fernández Moreno, poema que comienza con una humilde declaración de amor al país natal: “Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina…” Al tiempo que expresa voluntad de arraigo, Inicial de oro propone una renovación de la alianza con la lengua madre, ya que el poema concluye con un elogio del idioma español: “un divino parlar. / Un parlar montañés… / (…) / El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar”. Veinticuatro años después de escrito ese soneto inaugural, en un extenso poema-prólogo a Gallo ciego, el primer libro de su hijo mayor, también poeta, vuelve a aparecer la palabra “oro”, otra vez puesta en relación con el idioma, considerado como un tesoro: “En cuanto a idiomas, todos, pero ama el español, / ese lingote de oro disperso bajo el sol…” Tal el mandato del padre al joven poeta que se lanza a la arriesgada aventura de escribir la vida en versos. Esa prescripción – amor al idioma – puede que constituya la base más sólida a la hora de intentar establecer qué es poesía. Fernández Moreno no ignoraba el riesgo que corría al escribir esas líneas; no por nada afirma en el poema: “Nunca un poeta joven sabré como me mira: / si con admiración, con desdén o con ira…”

Junto a esos y otros versos de igual temple, también siguen latiendo en nuestra memoria las viejas formas, los viejos metros, las estructuras verbales que a lo largo de los siglos han ido pasando de un pueblo a otro, de una lengua a otra, pautando lo que hasta hace apenas pocas décadas fue tenido por música de la poesía. No obstante esa historia milenaria, todo parece indicar que la noción de verso atraviesa una de las peores crisis de su larga existencia. Tal vez exagero; en todo caso, es razonable suponer que difícilmente la historia de la poesía continúe siendo considerada como transmisión de formas en el futuro.

En relación con el progresivo deterioro de la dimensión formal de la poesía – que no es total ni mucho menos, ya que tiene sus fieles – hace poco participé en una experiencia impremeditada que me ayudó a fortalecerla. N., un amigo, con la intención de ponerle un límite a las constataciones de la crisis, me propuso ilustrar la virtud de la lírica recordando un poema de Fernández Moreno, un poema ocasional dedicado a un fortuito compañero de bohemia. Su propósito, presumo, era poner de manifiesto lo que el amor al idioma y a la forma puede llegar a generar a partir de un acontecimiento mínimo. El poema en cuestión, un soneto, data de 1932; supera por lo tanto holgadamente el medio siglo de añejamiento, lapso que alguna vez se consideró necesario para juzgar con imparcialidad la salud de un texto literario. Aunque tengo buena memoria y suelo recordar los versos que me atraen, no soy afecto a las recitaciones, ni siquiera a las que se generan de modo casual en un encuentro de devotos del oficio. Sin embargo, sustraerme a la propuesta de mi amigo era imposible, de modo que me entregué a ella, fiel y respetuosamente.

Antes de comenzar, N. alzó la vista hacia el ventilador del cielo raso de la sala de su casa y, tomando aliento, como quien remueve escombros literarios en la memoria hasta dar con el tesoro buscado, escandió lentamente los primeros versos del poema:

 

No habíamos hablado dos veces en la vida.
La noche que supimos la muerte de Darío
te encontré en el café de Perú y Avenida
y esa noche rodó tu llanto con el mío.

 

Al hacer el silencio de la pausa, N. no pudo contenerse y celebró la calidad del arranque. Repitió con estupor el verso de apertura: “No habíamos hablado dos veces en la vida… ¡Qué comienzo magistral!” Extraordinario, en efecto: un súbito salto al corazón del tema, hecho desde un ángulo impensado. La sola mención del nombre de Darío basta para hermanar las almas de dos hombres que – casual o intencionadamente – se ignoraron hasta esa desolada noche de duelo.

El segundo cuarteto estaba enterrado en un estrato bastante más profundo de la memoria de N., de modo que surgió con algunos contratiempos. Los reproduzco gráficamente a continuación, dilatando los espacios en blanco y abusando del uso de corchetes y puntos suspensivos, con el propósito de dar una idea del tempo en que se desarrolló la recitación:

 

Y  […]  caminamos juntos  […]  por la ciudad dormida,
bajo el cielo de estrellas  […]  calientes  […]  del estío.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ya venía la luz  […]  por el lado del río
cuando te dejé solo  […]  en la hora  […]  perdida.

 

Al igual que la incipiente claridad del alba, la criatura poética nacía con dificultades, entre pausas de angustiosa oscuridad y repentinos fulgores de sentido. Esta dificultad para nacer (o renacer) “en la hora perdida”, comenzó a seducir mi atención. En sus convulsiones por alcanzar la vida, por sobreponerse al peso de sus ochenta años de edad, el cuerpo del poema rejuvenecía, adquiría presencia. Otro tanto sucedía con N., ya que también él anda por los ochenta. El arcaico prodigio de la transmisión oral se estaba llevando a cabo como en la antigüedad, en una apacible y calcinante tarde serrana de enero de 2013, con las obligadas dudas y variantes de vocablos que toda transmisión oral trae aparejada. Mi oído escéptico y agnóstico recuperaba poco a poco la fe en la palabra poética.

Al llegar al primer verso del primer terceto, la memoria de N. flaqueó un momento; reemplazó un hueco en el alejandrino con un tarareo que imitaba el ritmo del verso. Atravesamos a saltos esa laguna (“despertaba [ta-tá-ta] – el alba bulliciosa”) que, después se supo, rezaba como sigue:

 

Despertaba en carritos el alba bulliciosa

 

y rápido pisamos la tierra firme de los dos versos siguientes, que completan la apertura de la escena crepuscular del teatro del mundo:

 

y el fondo de la calle era un telón de rosa.
Me volví para verte, deja que lo recuerde:

 

Tras un breve intervalo, la estrofa final despuntó en lejanía, sin contracciones ni dolores de parto, muy lentamente:

 

los pantalones flojos, las piernas vacilantes,
y en las manos nerviosas el bastón y los guantes.
El sol manchaba de oro tu viejo chaqué verde.

 

No obstante todo el arte que comporta su hechura, el terceto posee la gracia de una instantánea tomada al pasar. La pincelada dorada de la última línea le confiere una especie de riqueza simbólica a la figura vencida del amante de la poesía.

El poema, un tácito homenaje a Darío, fue interpretado por N. recalcando el valor de cada palabra, de cada sílaba, como si se tratase de un estudio musical. Fue una interpretación ardiente pero contenida, que se abstuvo por completo del uso del pedal. En los balbuceos de la pausada y persuasiva recreación sonora, el poema dejó atrás su aire de época, transformándose en una proeza idiomática. Uno de los presentes alabó el logrado perfil chaplinesco del destinatario de la composición, Carlos de Soussens, otro la calidad plástica del amanecer esbozado por el poeta. Tras esas moderadas exaltaciones, se procedió a buscar la página del libro de Fernández Moreno que contenía la obra, a fin de realizar una lectura formal. Se hizo, pero con otra voz. Curiosamente, la lectura me resultó menos feliz que la anterior rememoración. Distanciado del trabajoso parto de la memoria, el soneto me sonó más rotundo, más sólido, menos incorpóreo, menos vago. Cesó su musical oscilación de sonámbulo, la perfección de la forma acusó en algún momento la rigidez de una estatua conmemorativa dedicada a la fugacidad de un instante ido.

La poesía nace en la voz y reclama el oído para ser juzgada, sobre esto no caben dudas, pero la recitación, aun siendo sobria, comporta una impostación de la voz que puede llegar a extraviar la naturaleza del silencio que la poesía demanda para existir. La forma construye y destruye, da vida y da muerte, a veces traza una línea demasiado neta entre la irrupción del espíritu de la voz atesorado por la escritura y las ocasionales cuerdas vocales que llevan a cabo la representación de su presencia viva. Estas conclusiones provisorias y personales me devuelven a la inquietud con la que comencé estas divagaciones: ¿qué es poesía? A la luz de lo narrado, diría que constituiría un error considerarla un mero hecho libresco, ya que la poesía vive – cuando vive – fuera del libro: vaga en el silencio de la mente (el más acogedor de los silencios) como una especie de mantra que el solitario repite a fin de recrear momentos de felicidad verbal, de plenitud vital de la palabra. Es también escritura indeleble en la memoria, y, cuando no hay memoria, es simiente o ceniza en la paz de la página.