Sotto `l velame de li versi strani

Alejandro Crotto
(Gerardo Deniz: Mansalva – Editorial Mansalva) 


Mansalva
–editado por primera vez en México en 1987 y considerado uno de los libros centrales de la poesía latinoamericana reciente– es una selección de los tres primeros libros de Gerardo Deniz (n. 1934): Adrede (1970), Gatuperio (1978) y Enroque (1986). A tono con su poética desestabilizadora, Deniz ordenó en este libro los poemas de modo tal que a uno de Enroque lo sigue otro de Gatuperio y luego otro de Adrede, y así. Según afirma en un breve prólogo, este reordenamiento les confiere una nueva vitalidad.  

Para quienes, como yo, con este libro logran abrirse por primera vez a la poesía de Deniz la cuestión del reordenamiento de los poemas no tiene mayor importancia, o al menos no resulta decisiva. Lo que en cambio sí hace de Mansalva una antología excelente para empezar a leer a Deniz es otro agregado: la inclusión de cuatro breves prosas destinadas a comentar cuatro poemas del libro.

Hace diez años yo había leído en una revista un reportaje a Deniz y una breve selección de poemas. Me habían hecho reír algunas de sus respuestas [1] , pero los poemas no me gustaron: no los entendía. Sé bien que en poesía muchas veces se disfruta tanto de lo que se entiende como de lo que no se entiende, pero en este caso simplemente quedaba afuera. Poemas así:

 

Bruyères

Después de aquellas nieblas y hojas muertas,
dispuesta, pero no te decidías,
se vio tu borde erizado al desvestirte ante la lámpara
(cuentas de Baily)
(pero es de frío, ¡vaya! –como dijo el tocayo Jean-Sylvian)
y, contra la costumbre en los eclipses,
un pájaro cantó, posado en la madera de hacer pipas,
mientras duró la totalidad.

 

Podía, claro, disfrutar de la cohesiva asonancia entre “nieblas” “muertas” y “dispuesta” en el ritmo de los dos endecasílabos que abren el poema. Podía disfrutar de la erótica vinculación que se adivinaba entre el desnudo del tercer verso y el pájaro que cantó mientras duró la totalidad, pero no terminaba de aparecer esa brusca sensación fisiológica que es la poesía.

Cuando más adelante volví a encontrar poemas suyos en antologías o en internet me pasó a grandes rasgos lo mismo: sorpresa inmovilizadora y un rápido esto no es para mí.

En la entrevista, Deniz hablaba de las críticas recibidas por inabordable: “Mi escritura es difícil, sin duda. Ahora bien, me desconcierta mucho que me tachen de dificultoso personas que leen con gran fruto a Pound o Eliot. Tienen todo el derecho de opinar que lo que escribo no les gusta o no vale un pepino. Sin duda será así, pero no por culpa de mis dificultades, nunca superiores a las de dichos poetas”.

Recuerdo que hace diez años al leer esa respuesta hice mentalmente la observación de que, por suerte, los libros de Pound y de Eliot suelen venir con notas que ayudan al lector a comprender el uso compositivo de las referencias…

Diez años después –tarde, sí, pero peor es nunca– llega en desagravio a mis manos este libro. En la prosa dedicada a “Bruyères” Deniz comenta que el título del poema se debe al título del quinto preludio del segundo libro de preludios de Debussy, “una de las mejores piezas cortas para piano que existen”.

Luego comenta que los dos primeros preludios de Debussy se intitulan “Nieblas” y “Hojas muertas” respectivamente, y que aluden en su texto “a episodios inciertos, anteriores al momento del poema”.

Luego, que el brezo (bruyère en francés) es un arbusto de zonas áridas que se cubre de flores y cuya dura madera se usa para hacer pipas.

Luego, que Francis Baily fue un astrónomo inglés del siglo xix y “descubrió que en los eclipses solares, cuando el borde de la luna casi coincide con el del sol, la luz de éste se descompone en puntos (llamados cuentas o rosario de Baily) al pasar por los valles y ser interceptados por las montañas lunares”.

Luego nos cuenta que “el tocayo Jean-Sylvian” es Jean-Sylvian Bailly, el astrónomo y político francés que aparentemente tuvo esta ingeniosa y valiente respuesta mientras esperaba para ser guillotinado: -Tiemblas, Bailly. -Sí, pero de frío.

Comenta también que “durante la fase de totalidad de los eclipses de sol, los pájaros callan, como es bien sabido.”

Es importante señalar que la exégesis de Deniz es mucho más divertida de leer que este resumen ceñido al significado. Y despierta, por desfachatada, la simpatía del lector. Cito como ejemplo el párrafo alusivo a Jean-Sylvian Bailly: “Jean-Sylvian Bailly (1736-1793). Astrónomo francés, tocayo del inglés por el apellido [se refiere a Francis Baily, cuya inclusión en el poema acaba de comentar], tocayo mío por mi primer nombre, y de mi nahual, Silvano, por el segundo nombre. Bailly llegó a ser alcalde de París. Puede vérselo subido en una mesa en el centro del famoso cuadro de David El Juramento del Juego de Pelota (por curiosa coincidencia, a la derecha de la mesa del cuadro aparezco yo sentado, en una de mis preencarnaciones, sin compartir el entusiasmo excesivo de todos los demás presentes; pero todo esto es una digresión que no tiene gran cosa que ver con el poema). Algún tiempo después, ya al pie de la guillotina:

– Tiemblas, Bailly… – Sí, pero de frío.”

Ahora podemos leer un poema distinto: una delicada celebración erótica. Una mujer se desviste para alguien en la intimidad, finalmente. Hay una imagen, la de su cuerpo erizado por el frío desvistiéndose a contraluz de una lámpara. Y después dura la totalidad mientras canta un pájaro en el brezo de Debussy[2] .

 

Bruyères

Después de aquellas nieblas y hojas muertas,
dispuesta, pero no te decidías,
se vio tu borde erizado al desvestirte ante la lámpara
(cuentas de Baily)
(pero es de frío, ¡vaya! –como dijo el tocayo Jean-Sylvian)
y, contra la costumbre en los eclipses,
un pájaro cantó, posado en la madera de hacer pipas,
mientras duró la totalidad.

 

Lo curioso, lo notable, es que después de leer los cuatro poemas con las exégesis del autor (el intitulado “Posible” es corrosivo, demoledor) acercarnos a los demás poemas es una aventura totalmente diferente, quizá porque ahora creemos en la pasión del autor por lo que escribe. Ya no los vemos como caprichos inmotivados, sino como artefactos construidos con arbitrariedad, sí, pero también con indudables pasión, inteligencia y humor. Por ejemplo:

 

Demográfica

                                   a Gabriel Magaña

Subes al metro cada mañana y pretendes
no conocer a nadie. Pues bien, sí,
claro que los conoces a todos, sí,
aunque se hayan pintado quizá ojeras, lunares,
quitado o puesto pelucas. Explotan tu mala vista.
Echaron suerte para escoger a quien hoy
no se disfrazaría de gitana
-y al descubrirlo llamas en voz alta: -Stetson!
Ahora, mientras hablas con ello, fíjate
cómo no apartan rostros morbosos los demás pasajeros:
son stetsons ellos también, stetsons aunque disimulen.
El pato y más pagarás, te lo presagio yo.

 

Ahora ya no importa si entendemos acabadamente el poema o no. Reconocemos en ese Stetson la alusión al final de “The Burial of the Dead” que a su vez nos lleva a una recreación urbana de la antesala del infierno dantesco. Pero el poema sigue velado: ¿se trata de gente muerta y ese tren del metro es la barca de Caronte? ¿O se está insinuando que esas personas están metafóricamente muertas “a fuerza da cumplir” con un rol social que sería como un disfraz? El último verso ¿es una frase hecha o hay una referencia a alguna anécdota histórica que se nos escapa, como la de Bailly al pie de la guillotina? No importa. Y no sólo no importa: la poesía está justamente en esas preguntas que quedan a medio responder, en el abanico de posibilidades de lecturas que se abre a partir esa indeterminación.

Y hay más: mientras recorremos sin escepticismo las páginas nos descubrimos solazándonos decididamente en la fuerza verbal, plástica, de tiradas cuya poesía no terminábamos antes de advertir, como este comienzo: “Mientras en el telar caliente de la lluvia se labra un manto de barro para el mundo / y de las azoteas a lo negro, allá abajo, escurren castos vocativos (mañana / habrá hojas y mangos por el suelo, en el camino; / agua oculta en lugares que nadie descubre -tibia ya- hasta muy entrado el día)”.

Descubrimos también ahora varios poemas en los que las referencias culturales funcionan de manera clara, como “Arca” o “Ars Magna” o “Método”. Descubrimos también algunos –pocos–  poemas autónomos, directos; como éste, que basa su eficacia en su tono seco y a la vez emotivo:

 

Norte

Ésta era tu casa,
en donde nunca entré,
que nunca vi de día
cuando hace siglos te acompañaba, tarde,
esperaba que entrases por la puerta donde me he detenido
y volvía, húmedo de ti aún a través de la noche blanda, segura,
porque la certidumbre de tu vida y de tu carne
era un arroyo de leche prodigiosa y confiada.

Ahora es mediodía, azul y nubes;
me da vértigo entender de pronto
que esta calle que hasta hoy no conocí a la luz
fue tuya antes de hallarnos;
luego llegué y dudabas, recorriste esta acera
semanas, pensando a qué extraña nueva prueba someterme;
quizá mirabas aquel balcón de esquina al decidirte
y la siguiente noche que nos trajo aquí juntos
nos había encontrado mezclándonos lejos.

Dormiste aquí adentro entonces como en toda otra fecha:
¿qué repasabas al unir los párpados?
¿qué al despertar en un domingo igual a éste?
Saliste, y quien pasara te siguió con la vista deseándote.
Por donde ahora me alejo me llevaste en los ojos, los oídos,
      en la piel, en las vísceras.
Algo de mi sustancia se hacía matiz tuyo
en el albor de nuestro primer año.
 
 

Lo que sí, a poco de meternos en el libro nos damos cuenta de que la comparación con Eliot y Pound que había hecho Deniz en el reportaje no es del todo exacta. Hay, por supuesto, similitudes (como cuando nos encontramos en medio de un poema con un famoso verso de Dante que encierra un pedido que es también una poética), pero Deniz es más desfachatado y exhaustivo. Mientras Eliot suele utilizar citas –casi siempre literarias– en zonas puntuales del poema, en Mansalva uno advierte que la arquitectura misma de muchos poemas está basada en saltos de una alusión –casi siempre científica o histórica, algunas veces literaria– a otra.

Y uno no puede dejar de preguntarse mientras pasa encantado las páginas ¿vale la pena una poesía así, una poesía basada hasta tal punto en alusiones enciclopédicas entretejidas arbitrariamente?

En cuanto lector de poesía, respondo sin dudarlo: sí. Y doy gracias por este libro, por su arriesgada apuesta, por la fuerza de sus poemas que hoy me llega, treinta años después, por el entusiasmo de quienes publican ahora el libro en la Argentina[3] . Por la tarde que pasé escuchando los preludios de Debussy, por haber vuelto a ver el cuadro de El Juramento del Juego de Pelota, deteniéndome en un personaje lateral en el que nunca había reparado, por el placer de confirmar citas en The Waste Land y en Dante. Por estos días en los que voy descubriendo la voz velada de muchos de los poemas, por su fuerza. Porque me hizo seguir pensando qué es la poesía y qué es leer poesía.

Como lector, entonces, sí, sin dudas. Como perpetuo aspirante a hacedor de poemas, la cuestión es menos fácil, creo. Me explico: recuerdo ahora, mientras paso las páginas, una observación de Borges: “la primera reacción después de leer un poema que a uno le gustó mucho es el proyecto de escribir pronto ese mismo poema”. Siempre me sentí muy reconocido en esa frase, pero esta vez me detengo absorto en alguna página del libro y me repito: ¿vale la pena una poesía así…?

A mí no me miren. Yo soy el que se hace la pregunta.

Alejandro Crotto
 

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1.  Entrevistador: ¿Cómo se produce en tu caso el proceso creativo? 
    Gerardo Deniz:
    Eso suena tremendo. ¿Quieres preguntar cómo escribo mis poemas? No hay regla fija, como es natural, pero casi siempre…>>
  2. Obviamente, un poema no puede ser reducido a una burda perífrasis explicativa. En poesía cada cosa es muchas cosas. “La madera de hacer pipas” por ejemplo es más que una nueva forma de decir bruyère: sugiere, junto a la dureza de la madera, el placer del humo, su voluptuosidad cambiante, etcétera. Y, por ejemplo, la asimilación del encuentro sexual a un eclipse evoca un paulatino crescendo hasta una fase de plenitud que dura unos minutos mágicos y después decae (aunque también con cierta magia), etcétera… Lo que interesa señalar es que antes no podíamos realizar siquiera esa burda perífrasis explicativa. Y esa perífrasis, por indigente que sea, nos da a los lectores escépticos un marco útil para que pueda tocarnos el poema.>>
  3. La editorial se llama también Mansalva. Se trata de una atractiva casualidad o bien –y esto parece lo más probable– de una evidencia más de la fuerza interpeladora de este libro.>>