El centro de Buenos Aires

Mariano Pérez Carrasco

1. La bruma de Buenos Aires. La vida privada es un sueño, una ilusión. Y, sin embargo, no hay más que vida privada. A no ser, tal vez, esos pálpitos inefables de los objetos a las tres de la mañana, esos alucinantes diálogos que mantienen entre sí los pájaros y los cables de alumbrado, las ventanas que se abren sin que ningún viento las toque, las viejas que aparecen como fantasmas detrás de las cortinas y observan insomnes los resplandores opacos de la luna en los cristales de la casa de enfrente, en los vidrios de los autos, y una especie de baba que se arrastra, se pegotea en las narices, es segregada por las historias que esos objetos vivieron, sufrieron, contemplaron, una baba que es la historia y la memoria y que, en definitiva, tiene el nombre y el aspecto del olvido. Una baba que es también la historia de las ideas que se pensaron y se vivieron en Buenos Aires y que luego se olvidaron. Una preciosa baba de amnesia en una ciudad sin pasado, sin historia. Una ciudad que no tiene presente sino un inestable equilibrio de fuerzas que se apoderan de todas las cosas por un instante y luego las abandonan a su olvido. El poema de esta ciudad no es el silencio; el poema de esta ciudad es un largo sucederse de versos sin ilación, sin sentido, ni historia, ni concepto. Una bruma húmeda, asfixiante, asciende periódicamente desde el Río de la Plata y envuelve todas las cosas y se lleva los nombres, los sueños, las ideas. La nueva generación encuentra bajo sus pies una tierra virgen, cree vivir en un paraíso terrestre eternamente renovado. Así también los jóvenes de ayer vivieron sus momentos de gloria. Los jóvenes que dieron la vida por Perón, los que cantaban emocionados el himno en los cuarteles de los Colorados, los del juramento Tacuara, los Uturuncos que soñaban con un equívoco paraíso medieval, los soldados de Jesús, los guerrilleros, los revolucionarios, los poetas románticos de 1837 y de 1940, los que no hicieron más que observar el Gualeguay, los que charlaron en las mesas de los cafés. Todos ellos también han sido olvidados, e igualmente lo serán los que hoy componen la poesía del lumpenproletariado, las historias de bailanta, los versos que hablan de la imposibilidad de hablar, el silencio que impone Auschwitz a un joven poeta de Burzaco. Una bruma que todo lo arrastra. Ahora sí, los espejos de las cosas proyectan ese olvido infinito. Y el cielo de Buenos Aires aparece despejado, inmenso, sobre una ciudad increíblemente baja y desproporcionadamente amplia. Pero es solamente el Buenos Aires espectral del Centro el que nos interesa. Todo lo demás, los interminables suburbios de casas chatas, son la provincia que periódicamente intenta ingresar en la ciudad, y se queda en la puerta. Ahora, el poema de la ciudad debe recuperar esos restos afásicos que reflejan los objetos, y la música de las fachadas en la madrugada, cuando los carteles luminosos brillan para nadie y los solitarios caminan en silencio por el living de sus casas, en los pasillos de los edificios públicos se escucha un rumor inverosímil de sustancias que se alejan en el tiempo, presencias que de pronto emergen a la oscuridad de las calles y reptan sigilosas por las grietas de las paredes. El poema de la ciudad debe hablar de ese silencio asfixiante que está debajo del asfalto, sobre los techos de las casas, en los amores clandestinos. El del 3° A sale a fumar un cigarrillo a la misma hora en que la mujer del 4° D decide pasear al perro, y encuentran en una terraza que nadie visita desde hace décadas un pequeño antídoto a la frustración, el impagable rumor de la aventura en sus cuerpos. La misma dinámica cansina rige los movimientos de las calles a la madrugada; la geografía irregular de los techos de los edificios, esos huecos que jamás han recibido una mirada, una caricia de atención, lugares perfectos para el suicidio en los que ni los suicidas reparan. Allí se desarrolla una actividad incesante. Se trata de verdaderos recipientes del recuerdo. Un arqueólogo de las emociones olvidadas podría encontrar tesoros en esos huecos de una arquitectura regida por el azar, la desidia y el caos. Pero la bruma vuelve a emerger desde el asfalto, desde las fachadas de las casas, y todo acaba sin que nadie se dé cuenta, como un nuevo regreso del olvido.

 

2. La avenida Corrientes. La avenida Corrientes, que hasta hace unas décadas conservaba cierto brillo, es hoy poco más que un basural habitado por linyeras, mendigos y desquiciados. En las noches, la avenida Corrientes se transforma en un micromundo infestado de parásitos y rondado por fantasmas incapaces de encarnarse en algo real. La verdadera vida comienza cuando terminan las funciones de los cines y los teatros; antes de esa hora, la avenida no hace más que reproducir la mecánica indiferente del resto de la ciudad. La vigilia se apodera de los objetos y los vuelve intercambiables. La luz del día somete a los hombres y a las cosas a una equivalencia universal de la que nada escapa. Todo se vuelve función y forma de arquetipos ajenos a la realidad. Así es que, por las noches, la avenida que nunca duerme es escenario de una pesadilla perpetua. Nace casi en el Río de la Plata y muere en la estación de trenes de Colegiales, pero lo único que conserva en todo su trayecto es el nombre; la verdadera avenida Corrientes se extiende desde el Obelisco hasta Callao, y quizás, en ciertas ocasiones, una o dos cuadras más hacia Almagro y el Once. En ese perímetro la vida transcurre, como un sueño lánguido, en los cafés. Como un recuerdo. Porque entre las múltiples ruinas que constituyen la avenida Corrientes se encuentra el recuerdo aún reciente de una bohemia trágica que ha pasado a ser leyenda. En ciertos cafés todavía se habla como de héroes de los hombres y mujeres que, hace algunas décadas, discutían interminablemente de libros y política; hay quienes incluso imitan la moda de aquella época. Está también presente la imagen mítica de algunos poetas borroneando versos en las mesas de un bar. Pero todo esto no es más que un paisaje de recuerdos; quienes hablan ahora sueñan que aquellos hombres y mujeres hacían algo más que hablar. En las mesas hay parejas, estudiantes aplicados, bohemios perdidos que conversan con cualquiera y que están allí exclusivamente para conversar. El ambiente es desolador. En suma, la avenida Corrientes ya no existe; la avenida Corrientes languidece, como un mal sueño, en cada una de sus esquinas. El dinero y los balcones franceses atenúan un poco la decadencia de Callao. Son exactamente las tres de la mañana y la campana de Jesucristo Salvador, en la esquina de Tucumán, da tres golpes más bien opacos. Enfrente funciona un cabaret que ofrece chicas por 15 pesos. Dos linyeras comparten un vino en tetrabrik. A esta hora no hay horizonte en Corrientes. Es la eternidad. A veces se percibe, pero de un modo muy tenue y lejano, la vida inútil del puerto de Buenos Aires. Todos estos objetos (la basura desparramada en las calles, el aceite de los autos, las luces, los semáforos que funcionan para nadie y de todos modos siguen un ritmo cíclico que recién adquirirá un sentido a la mañana, las escuálidas copas de los árboles, la vida que se refugia en forma de palabras al interior de los cafés) son un barco que naufraga. Exactamente las tres de la mañana en Callao y la fisonomía amenazante de un linyera envuelto en trapos, barba y cabellos enredados que hacen casi imposible distinguir la cara, entra a pedir cigarrillos a La Academia. Nadie le convida, el linyera se va tirando sillas y pegando patadas al aire. El mozo de La Academia tiene una sonrisa beatífica. Su turno termina a las ocho de la mañana, cuando la zona comienza a poblarse y en La Academia ya no queda nadie. En Corrientes, es el único bar que vive sólo de noche. De día es un lugar más de la ciudad. No es del todo imposible percibir la inexistencia misma de las cosas hundidas en la existencia mecánica del tiempo en el cual transcurren a las tres de la tarde. Los lugares que a la noche adquieren presencia, es decir, vida, a esa hora son espacios inertes, suspendidos en el paréntesis de un tiempo que no les pertenece. Hay sin embargo, o tal vez por eso mismo, mujeres. Son las mujeres que abundan en los lugares seguros. Por las noches se las podrá encontrar en los bares de Palermo, en Recoleta o las Cañitas. Corrientes, de noche, es peligrosa y exclusivamente masculina. Incluso las prostitutas están guardadas en los lupanares. En verano, el viento hediondo que baja del Once y Almagro, o el viento húmedo que asciende desde el Bajo y arrastra los desperdicios del Río de la Plata, vuelven la atmósfera irrespirable. Es el momento en que se confabulan las arañas de los cables de alumbrado, las presencias fantasmales de las bolsas de plástico flotando en los umbrales, contra las paredes húmedas y el asfalto transpirado, para que todas las cosas muestren la esencia de pesadilla que las caracteriza y que permanece oculta la mayor parte del tiempo. Los autos circulan con una precaución escalofriante. Gestos exactos de quien ha percibido que está siendo partícipe de un rito mágico. Incluso los insectos y sus sombras en torno de la luz. O las marquesinas apenas iluminadas de algunos cines. Opacas, películas viejas que aún viven entre esas butacas deshabitadas. Esos fantasmas son gente. Sombras del deseo insatisfecho. Son los mismos objetos los que se transfiguran en fantasmas. Y la noche es esa presencia concreta, esa vida que los sostiene y los desvela. Las historias que suceden aquí son monólogos sin nombre. Son la conciencia misma de las cosas que se encarna en los hombres para expresarse. Y los hombres son fantasmas de fantasmas, sombras proyectadas por sombras en una noche permanente. Es la eternidad de las cosas que se apodera por un instante de los hombres. Sólo suicidas y desquiciados se entregan voluntariamente a este ritual de la noche en Corrientes. Hay personas que atraviesan este paisaje sin percatarse de lo que aquí está sucediendo; permanecen envueltas en un sueño que pertenece a otros tiempos y a otros lugares. Son quienes podrían reírse de los escalofríos de ciertas paredes en invierno, de las luces opacas que apenas alumbran en los márgenes de algunas calles. No pertenecen a este mundo; todo lo que aquí sucede les es ajeno y no extiende sus efectos hasta ellos. Un sol absurdo e idéntico los ha enceguecido y sólo viven de sí mismos, cada uno indistinguible de su semejante. Por eso, el ritual de la avenida Corrientes es hermético. Sus palabras son insignificantes para quienes no están iniciados en él. Los campesinos romanos creían que ciertos troncos, ciertas piedras con las que tropezaban por casualidad en el campo, eran sagrados; y por consiguiente intangibles; si estaban cultivando esa zona, debían respetarlos. Así, hay objetos en la avenida Corrientes que han conservado –o han adquirido– un carácter sagrado que se ha perdido en otros lugares de la ciudad. Viven hundidos entre otros objetos que carecen de significado, pero en ciertos momentos, y bajo ciertas disposiciones de ánimo, puede percibirse con claridad el espectro mágico que los rodea. Una magia sutil, como la que se apodera en ocasiones de las ruinas. La avenida Corrientes es, toda ella, un museo de ruinas en el que lo único ausente es el tiempo. Las cosas de este lugar de la ciudad han sucumbido a sí mismas; no precisaron de un agente externo para devenir menos de lo que eran. En este museo de sombras en el que se impone la presencia de las cosas ausentes y las leyes que gobiernan los días y las horas se desvanecen ante las reglas de un intercambio fijado por el capricho, tiene lugar el drama íntimo de los objetos que se apoderan de los hombres y de los hombres que se someten involuntariamente a los objetos, a los que reconocen como los restos desperdigados de una divinidad que hasta hace un tiempo todavía conservaba algún sentido. La vida de la avenida Corrientes es un rito mortuorio en el que los hombres entregan sus conciencias en sacrificio a los objetos. Los hombres y las cosas viven una vida en común, uno sometido al otro bajo diversos aspectos. Pero jamás la divinidad se hace presente en estos sacrificios. Desperdigada en un infinito de objetos particulares, y a fuerza de hacerse omnipresente, la divinidad ha dejado de existir. Son los objetos quienes están fusionados con las conciencias de los hombres; ahora la conciencia pertenece únicamente a los objetos. A menos; a menos que los dos polos de la frase sean falsos, y no haya sino una única conciencia que serpea entre las cosas sin llegar a ser las cosas mismas. Una conciencia que es cualquier cosa y por eso es, ante todo, silencio. La noche, aquí, no es nada; es cada uno de los objetos. Son las cosas mismas las que en determinado momento se vuelven nocturnas. En cualquier otro lugar, la noche es una insípida negrura que se extiende sobre el cielo. Un velo, una ceguera. Aquí la noche es ante todo vida. Emerge de las cosas como una primavera tétrica y sin embargo confortante. Porque aquí la presencia del tiempo se ha roto; los relojes son los primeros que sucumben al desquicio general. Por eso todos los habitantes de la avenida Corrientes carecen de temporalidad. Son desocupados, viven de pequeños trabajos o del dinero ajeno. Ese hiato en la respiración normal de la ciudad que se abre en Corrientes a las tres de la mañana es el aliento inverosímil del milagro, que adquiere aquí la forma cotidiana de lo natural. Es natural que un hombre ingrese todas las noches a un bar y comience a patear las sillas; es natural que niños opacos y sin tiempo se arrastren insomnes entre las mesas; que haya una vieja haciendo pis en una esquina; que un tipo escanda versos en latín; en fin, aquí es natural que el milagro suceda. Por eso mismo, en la avenida Corrientes jamás es de noche. La noche es una categoría ajena que no corresponde a este lugar de la ciudad. Aquí, eso que en otros lugares se llama noche, es una emanación de los objetos. En cierto momento, entre los edificios y el asfalto se produce una deflagración. El brillo insignificante que rodeaba a los objetos implosiona. Se produce una suerte de torbellino inverso que destruye la apariencia de las cosas y las reduce a algo que podríamos llamar su esencia dudosa, su núcleo secreto. De allí emana la noche como un grito adverso que ha de imponer un nuevo orden al desastre reciente de todas las cosas. Así es que este paisaje adquiere el aspecto gélido y temible que lo caracteriza. Así es que la avenida Corrientes se transforma en un puro mundo de esencias capaz de depurar o destruir a quien se adentra en ella. Y no se crea que el milagro obedezca a una disposición de ánimo; no, el milagro es la vida misma de las cosas. Cuando a los dieciséis años fui por primera vez allí y me senté en una mesa del viejo café La Paz a leer algo, sentí, aunque no pudiese precisarlo con estas palabras, que ese momento/página de mi vida quedaba marcado con la expresión hic incipit vita nova. A partir de aquella inscripción, mi vida quedó ligada a la vida de aquellos objetos transfigurados. Mi comedia pasó a ser un pase de magia, y yo el histrión que oficiaba. En aquel momento me libré de mi yo. Pasé a ser un silencio, una sombra entre los objetos. El eídolon de las cosas. Porque el peso de las cosas y el sueño están íntimamente ligados en la boca.

 

3. Bellagamba. Sobre la avenida Rivadavia, a unas cuatro cuadras del Congreso en dirección al Once, se encuentra situado un bar marcado por las costumbres de la bohemia artesana, el rock and roll y la izquierda. Hay botellas pretendidamente antiguas y llenas de polvo sobre los estantes que recorren las paredes. Luz más bien opaca. Dos o tres velas comunes en un candelabro pegado a una columna. En este bar se respira la inequívoca melancolía del fracaso que insiste en presentarse con el rostro de la esperanza. A las dos de la mañana los transeúntes son escasos. Cierta desolación propia de la madrugada puede notarse en la fachada de los edificios antiguos. Esta melancolía es insoportable. El menú indica que la cerveza cuesta seis pesos. Entre palitos, maníes, cervezas y charlas entrecortadas algunos vislumbran la sociedad del futuro. Alguien habla de su padre, un «luchador» de los Setenta. Durante el día ha habido distintos reclamos en el Congreso y en Plaza de Mayo. El bar se encuentra repleto de militantes. Algunos simplemente escuchan música, toman cerveza y se relajan. Pero la mayoría padece una energía inagotable. Rondan los veinte años. Discuten la política del país. En sus ojos, en sus gestos, en sus palabras, la realidad es conmovedoramente sencilla. Los primitivos cristianos se reunían en el desierto y buscaban la purificación para el día del juicio final, que se aproximaba inexorablemente. Tienen una melancolía absurda de cosas que no vivieron. Las mujeres tienen los pelos revueltos y están cuidadosamente despintadas. Es imposible sustraerse del encanto de este fracaso travestido en esperanza. La lucha es alegría, se lee. Qué concepción más triste de la felicidad. Una tristeza similar a la de las murgas y los carnavales. Sus panfletos son igualmente conmovedores y tristes. Mujeres que transpiran, algunos hombres que no se han sacado las bufandas, la cerveza en los vasos largos: el tiempo pasado está presente en esas mesas. ¿Alguno cree realmente en todas aquellas cosas de las que hablan? Las marchas del 24 de marzo son un largo funeral. Un entierro permanentemente postergado. Un pueblo de fantasmas entona sus cantos fúnebres. No es posible pronunciar una palabra sin lastimar. Los oídos sangran. Hay una enumeración interminable de ausencias y una conciencia indudable de que una incierta bondad se ha apoderado de todos. Es una especie de bautismo colectivo. Las miradas expresan esa dudosa bondad. En fin, es verdad que de algún modo hay que velar a los muertos. En Bellagamba, sin embargo, el ambiente parece más alegre. Algunas parejas se besan. María Laura dejó constancia, en un papelito bajo el vidrio de la mesa, de que ama a Juan. Alguien quiso comunicar a los demás las siglas de la organización a la que pertenece: POR–Masas. Si hubiese alguna forma de acabar con el tiempo; con la sociedad, es decir: tres o cuatro personas reunidas en una mesa. La asfixia de las palabras, las miradas, los espejos. Alguien dice que la pared del sistema es de cristal. El incendio. A la tarde quemaron una bandera norteamericana. La persona que está conmigo sueña con ganarse la beca Guggenheim. No ha escrito casi nada. En cierto momento de la noche toda esta tristeza se transforma en una angustia insoportable. El invierno empaña los vidrios. Una especie de aura silenciosa atraviesa la avenida Rivadavia y el tiempo se deshace en ese instante. Un ángel sin nombre ni forma detiene las horas, como si nevara. Una bola de cristal en donde cae la nieve eterna. Un sueño. Los cristales empañados, la cerveza, un tipo que sale a vomitar. También estas cosas pueden ser eternas. Una mujer apenas hermosa apoya su codo sobre la mesa. A su lado hay dos hombres y todo lo que dicen parece ofenderla. Su mirada tiene la pasión insidiosa del odio. Como todos los que están aquí, está absolutamente convencida de que es buena. Incluso cree tener cierta convicción moral. Una vaga adoración por el pueblo. Da breves consejos, escucha, calla. Oculta su estupidez con su silencio. Algo bastante natural. Si tacuisses… Todo lo que sucede en este bar tiene la forma de un rito tácito y triste. Cansado. En la columna hay un espejo gastado. Parece tener manchas de humedad.