Desde un lugar amenazado

Alejandro Crotto
(Ezequiel Zaidenwerg: La lírica está muerta – 
Editorial Vox)

Lo primero que llama la atención de La lírica está muerta es su abundancia y complejidad: mientras tantos poemarios de la poesía argentina reciente son breves y cuidadosamente descuidados en cuanto a las historias mínimas que animan y a la llaneza semántica y procedimental que buscan y encuentran, La lírica está muerta desconcierta con un ambicioso entramado de poemas metrificados, casi siempre extensos, constantes referencias literarias y un significativo trabajo de variación, poema a poema, de la voz que habla en cada uno.

El libro está dividido en dos partes: la primera constituye una unidad intitulada “La lírica está muerta” y está formada por trece poemas numerados correlativamente que giran en torno a algún episodio mortuorio célebre (la cáustica lluvia que se abate sobre Sodoma y Gomorra, el asesinato del “che” Guevara, el suicidio de Alfredo Yabrán, entre otros). La segunda está formada por un único poema satírico, “Lo que el amor les hace a los poetas”, que pasa minuciosa e inmisericorde revista de varias poéticas relativamente actuales. [1]  De esos trece primeros poemas, más que la homogeneidad (dada por el estribillo “la lírica está muerta” y por elementos temáticos y métricos) se destaca la construcción de una voz autoral claramente diferenciada para cada uno: mientras “La matanza de los pretendientes”, por ejemplo, muestra en tercera persona desde un tono irónico, a lo Brodsky, a un Odiseo perdido en el océano que rema trabajosamente mientras sueña con su regreso y su venganza (no falta una referencia burlona a Kavafis), otro poema cuenta desde la voz genuinamente conmovida del embalsamador Pedro Ara la noche de la muerte de Eva Perón.

El resultado de ese continuo descentramiento de la voz autoral es que se acentúa la singularidad de cada poema, y por eso resulta difícil dar una idea del libro como conjunto. Tal vez lo mejor sea, en estos apuntes, detenerse con cierto detalle en uno de los poemas. Afirmar que los otros trece tienen una personalidad igualmente distintiva me parece la mejor manera de presentar el libro.

El poema décimo se llama “Muerte de Orfeo” y pone en escena uno de los temas fundamentales de La lírica está muerta, presente desde el título mismo: la cuestión de la actualidad o inactualidad de la lírica. Recapitulemos: hace poco más de diez años, en una antología generacional que tuvo mucha circulación, el poeta Alejandro Rubio (n. 1967) dijo al definir su poética: “La lírica está muerta. ¿Quién tiene tiempo, habiendo televisión por cable y fm, de escuchar el laúd de un joven herido de amor?” Más allá de lo anticuada que ha devenido la frase ante la irrupción de twitters, series por internet, facebooks y etcéteras, lo cierto es que desde la mitad del siglo pasado y por motivos menos inmediatos y más existenciales (i.e. Adorno), la cuestión de la misma posibilidad de una poesía lírica está en el centro de la escena.

Ante ese estado de la cuestión, aquí la palabra de Zaidenwerg:


Muerte de Orfeo

La lírica está muerta. Eso es un hecho
incontestable. Pero, en rigor de verdad,
y si sirviere de consuelo a alguien,
en su final estaba su principio.
Mientras que con su canto
arrastraba los bosques tras de sí, guiaba en procesión los animales,
y hacía que las rocas la siguieran, ocurrió que unos hombres,
ebrios por el licor vertido y el deseo no libado, la divisan desde el borde
de un promontorio, al tiempo que tañía la lira,
acompañando sus canciones. Y uno,
desarreglados los cabellos por la suave brisa, “Ahí,
ahí está”, exclama, “la que nos desairó”

(…)
Sacrílegos, despojan de la luz a quien tendía
las manos, suplicante, y por primera vez
pronunciaba palabras sin efecto,
sin poder conmoverlos con su voz.

(…)

             Sus miembros
yacen diseminados en diversos sitios;
la cabeza y la lira, casualmente
juntas, vienen a dar a un río de la zona;
ése es el escenario del prodigio:
mientras corriente abajo se deslizan
por el medio del río, rumbo al mar,
exánime, la lengua todavía murmura, lacrimosa;
responden, lacrimosas, las orillas,
y la lira, sin mano que la pulse,
se queda balbuciendo un no se qué.

El poema, como se dijo, pone en escena el asesinato de Orfeo, personificación evidente de la lírica, y su tono recuerda las traducciones de poemas clásicos. Si afinamos un poco la atención y tenemos la suerte de ser lectores de Ovidio y las Metamorfosis están cerca, descubriremos que el poema es una traducción intervenida de los primeros 53 hexámetros del liber xi. El gesto de participar en un debate actual mediante la traducción de ese pasaje de Ovidio me parece sumamente significativo, y deja en claro que viene desde lejos eso de presentar la lírica como una entidad frágil, delicada, en medio de un mundo agresivo en el que no termina de encajar. Como si se señalara que ya desde su mismo origen la lírica está siempre amenazada, enfrentando su final. [2]

También resulta significativo que se recoja la última frase del poema “East Coker” de T.S. Eliot, “In my end is my begining”, para comenzar a contar la muerte de Orfeo: “En su final [el de la lírica] estaba su principio”. Resulta significativo por el rol de Eliot como fundador de la poesía moderna y porque ese poema en particular se pregunta sobre el sentido de la lírica en un mundo desencantado. Pero además porque así se subraya que la lírica, siempre amenazada, comienza a partir de su propio final, vive de su propia muerte (y entonces la repetición constante a lo largo del libro de la afirmación de Rubio sobre la muerte de la lírica deviene irónica o, mejor aún, hace que la lapidaria frase pueda adquirir otro sentido). Y es justamente el final del poema su momento de mayor intensidad, cuando se recrea uno de los versos más logrados de la tradición lírica castellana en un puro balbuceo extático. La lírica habla -y sólo puede hablar- desde un lugar amenazado, agónico, menor. La lírica no puede morir y al mismo tiempo no puede sino morir, porque está siempre naciendo de su propia muerte. Porque está su principio en su final. Porque alcanza su cima en el desvalido balbuceo.

 

Alejandro Crotto

      

Notas al pie    (>> volver al texto)
  1. Para señalar al menos algo de este divertidísimo poema, reseño que en algún momento se les habla alejandrínicamente “a los objetivistas sin objeto, ni vista…” y después también “a los falsarios del silencio”, “a los que quiebran la sintaxis sin saber/ torcerla”, “a los que impostan en su voz/ vacante los mohines de una infancia lobotomizada”. Etcétera.>>
  2. Quizá, también como si señalara que siempre el origen del deseo de matar a la lírica es el haber sido desairado (despreciado, en una versión más literal de Ovidio) por ella.>>