Un poema infinito de César Vallejo

XXIII

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente 
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías 
de mañana, de tarde, de dual estiba, 
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo 
quedaría, en qué retoño capilar, 
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna dulcera de amor,
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar 
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tánto!
en las cerradas manos recién nacidas.

Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste, 
¿di, mamá?

 

ALGUNAS NOTAS DE LECTURA

Lo primero es hacer algunas aclaraciones semánticas: este poema -como los mejores poemas de Trilce- no tiene neologismos. Sí hay algunos arcaísmos y peruanismos, pero no palabras inventadas. “Tahona” es una palabra del castellano (medio en desuso) que significa “panadería”; “estuosa” también, y significa “tibia”. El poema comienza entonces con un largo vocativo a la madre, a quien Vallejo llama “panadería tibia de aquellos mis bizcochos, pura yema infantil innumerable”. Todo el poema va estar contraponiendo la felicidad del tiempo ido de la infancia, cuando todo era gratuito y sucedía en una atmósfera amorosa, metonimizada en la madre, con la dificultad del presente desde el que se escribe.

“Gorgas” es -hay distintas teorías- o bien una castellanización del latin “gurga” (garganta) -esta es la que más me gusta, porque refuerza la idea del pedido de los hijos- o un peruanismo que significa “niños” (con el mismo origen latino, claro): pero para el sentido es lo mismo: sean los hijos metonimizados en sus gargantas o directamente los hijos, tras evocar a al madre Vallejo la sitúa rodeada de sus últimos cuatro hijos (los otros 7, eran 11 hermanos, imaginamos que ya se habían ido del pueblo natal): ¡qué bien la pinta para siempre perfectamente a esa madre rodeada de hijos que la requieren!: Oh tus cuatro gorgas asombrosamente mal/ plañidas madre: tus mendigos.

Y enumera a esos hijos menesterosos: “Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto” (Miguel era el hermano inmediatamente mayor a Vallejo y que murió en la juventud: hay un poema hermoso y triste en “Los Heraldos Negros” donde Vallejo recuerda cuando jugaban a las escondidas. Acá aparece por primera vez ese ahora que se contrapone a la felicidad de la niñez, Miguel, vivo en el recuerdo, en el ahora está muerto). Y Vallejo ” Y yo arrastrando todavía/ una trenza por cada letra del abecedario”

El momento que va a recordar Vallejo es cuando la madre les daba dos veces por día, a la mañana y a la tarde, pan (probablemente dos, por lo de “dual estiba” o tal vez signifique que lo daba con las dos manos…) a los hijos (por eso la había llamado “tahona estuosa”, porque da ese pan -tahona- amoroso -estuosa-. O sea el pan es tibio, pero también es tibio -amoroso- el momento, el abrazo de la madre que acompañaría la entrega):

“…En la sala de arriba nos repartías,
de mañana de tarde, de dual estiba…”

y mirá cómo llama a ese pan amoroso de la madre

“aquellas ricas hostias de tiempo” (hostias porque es un pan de amor, y ricas porque son sabrosas y porque están llenas de todo el gusto de esa niñez de amor, y son también “de tiempo” o sea no es sólo comida lo que les da la madre, les da hostias de tiempo, una calidad de tiempo en la que ellos eran mendigos que sabían que la madre estaba allí, dándoles lo que necesitaban).

Y la comparación con el ahora, “para que ahora nos sobrasen cáscaras de reloj en las 24 en punto parados” A la mañana y la tarde llena de luz, se contrapone la hora solitaria de la medianoche; a las hostias de tiempo, rotas cáscaras de relojes.

Es muy rara la sintaxis de esa estrofa, pero no es nada gratuita: es porque tuvieron esa experiencia en la niñez que ahora les sobra el tiempo, que lo sienten como muerto. “En la sala de arriba nos repartías … para que ahora nos sobrasen”

“Madre y ahora!” o sea: recuerdo y presente. Y la angustia, la picazón en la garganta, las ganas de llorar por esa migaja que viene del pasado “y hoy se me ata al cuello, y no quiere pasar”. Y el pensar cómo estará la madre -muerte y enterrada hace años- ahora: “Hoy que hasta tus puros huesos estarán harina que no habrá en qué amasar”. Es increíble la imagen, la madre muerta sigue siendo -en la corrupción de sus puros huesos- una harina, o sea condición del pan, pero harina que no habrá en qué amasar.

Y nuevamente un vocativo a la madre: “Tierna dulcera de amor” (¿porque los panes eran con dulce, o porque el dulce de esos panes sin nada era el amor que ella les ponía?) y luego cuatro versos que para mí dicen que ella sigue siendo esa dulcera de amor aun desde la muerte, aun mientras va moliéndola la muerte en su molar, ella sigue dándoles la vida que les dio desde que ellos eran esas ” cerradas manos recién nacidas”.

Y allí, desde el silencio de la tumba, la tierra en el silenciar de la madre “oirá/ cómo nos van cobrando todos/ el alquiler del mundo donde nos dejas” (porque el no a vuelto a encontrar en el trato con el mundo la gratuidad del amor con que los trataba la madre, esa atmósfera de su niñez). Y entonces por contraposición, más que nunca ” el valor de aquel pan inacabable”. Y de vuelta contrapone la gratuidad y el amor de la niñez con la violencia y la lucha de ese ahora, y en el final, ya pasa de la palabra “madre” del principio del poema a la palabra más tierna, a la palabra con que él la llamaba:

“¿cuando tú nos lo diste/ di, mamá?”


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